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Sur y Oeste: Joan Didion y una premonición

Sobre la vida en Nueva Orleans, escribió Joan Didion que sus habitantes tenían una “vertiginosa obsesión por la raza, la clase, el legado histórico”. En un evento en Biloxi, Misisipi, escuchó a una joven confesar a sus amigas: “Nunca he estado en ningún sitio al que quisiera ir”. De paso por Winfield, Alabama, la autora anotó en su libreta: “Quizá el Sur sea el último lugar donde uno todavía es consciente de los trenes y de lo que pueden significar, de sus fabulosas probabilidades”. Y en Clarksdale, Arizona, uno de sus paisanos aseguró que el Sur estaba en deuda con el Norte, pero “ahora solo el Sur puede salvar el Norte”.

Estos son algunos de los pasajes que Joan Didion (Sacramento, 1934) inmortalizó en Sur y Oeste durante su viaje por el Sur del Golfo en 1970. De Nueva Orleans (Luisiana) a Oxford (Misisipi) la periodista observó y anotó todo cuanto le parecía diferente a esa California en la que residía, esa zona libertina y soleada que, en comparación a estas tierras hasta ahora inexploradas por la autora, se presentaba como un país alejado, una cultura ajena y una civilización separada por kilómetros y decenios de la que en ese momento la rodeaba.

Hombres que observan con recelo a una mujer por bañarse en bikini en las piscinas de los hoteles. Silencios incómodos al hablar de un marido y no lucir alianza matrimonial. Banderas confederadas que se venden como souvenirs en las gasolineras y sirven a los niños para secarse tras un esporádico baño. Bibliotecas en las que el único autor de renombre es William Faulkner. “Era un fatalismo que yo acabaría identificando como endémico”, apunta Didion. Tampoco le pasaron desapercibidas a la escritora las vidas de esas mujeres sureñas que eran tan opuestas a la suya: mujeres que buscan el matrimonio para adquirir validación e identidad, que se mueven como sonámbulas por las sofocantes calles y aceptan, sin alarmase en exceso, la prostitución que se ejerce en una sociedad aparentemente conservadora.

“Aquellas mujeres parecían contemplar todas estas elegantes inquietudes con un espíritu al mismo tiempo entregado y meramente tolerante, como si vivieran sus vidas a varios niveles bastantes contradictorios entre sí”.

La escritora se fusionó con el ambiente. Se convirtió en una invisible espectadora que grababa en la memoria -y en la libreta- pequeños actos y declaraciones que le permitiesen entender la mentalidad sureña. Ciudades en las que se es extranjero en el país propio, donde estación y huida comparten significado y consecuencia, donde los residentes despojan a los foráneos del beneplácito de la proximidad con solo observar la caja de cerillas que portan. Y, sin embargo, ese Sur tan dispar ejercía un indescriptible influjo sobre Joan Didion, pues para ella el Sur era al mismo tiempo el pasado y el futuro de América, el germen de la sociedad en la que se desenvolvía y, por lo tanto, requería de un análisis detallado y complejo para poder ser comprendido. Había que despojar al Sur de los prejuicios que desde otras partes de Norteamérica se le achacaban, no dejarse dominar por el rechazo de conductas aparentemente intolerables y escarbar a través de la corteza en busca de la explicación primigenia. Y es aquí donde asistimos al trabajo de Didion como periodista, la mujer que a la hora de elaborar reportajes confeccionaba verdaderos collages con fotografías, notas hechas a mano y recortes de periódicos, y visitaba los lugares que representaban la espina dorsal de la sociedad: salones de belleza, emisoras de radio, cafeterías desiertas o cines.

Sur y Oeste, editado por Random House

Allí vislumbra uno de los fundamentos sobre los que se sustenta gran parte de la ideología sureña. “La Guerra de Sucesión fue ayer, pero se hablaba de 1960 como si hubiera sido hacía trescientos años”, anota. Otros escritores -especialmente los pertenecientes al gótico sureño: Truman Capote, Katherine Anne Porter, Carson McCullerstambién habían focalizado su atención sobre el mismo hecho: el de presentar un Sur que no olvida. Porque olvidar la historia es renunciar a lo propio, ser uno más entre tantos, y ni siquiera los que se consideran más progresistas están dispuestos a ello.

Así, queriendo escapar en cada ciudad pero incapaz de hacerlo por ese influjo absorbente que desprendían los sureños, escribió Didion cientos de notas que nunca llegó a materializar en un reportaje. Acabó publicándolas años después, en pleno siglo XXI, cuando los pequeños granos de arena que tanto la periodista como otros escritores habían vislumbrado años atrás se habían convertido en grandes montañas que los políticos oportunistas como Donald Trump aprovechaban para prometer -irónicamente- izar muros que separasen sociedades. Por eso Sur y Oeste es una premonición, un aviso, no solo de lo que ocurriría en Estados Unidos sino en todo el mundo, y así cobra especial relevancia el comienzo del libro, ese momento en el que la periodista ve desplomarse a una mujer:

La muerte había dado una impresión de gravedad pero también de informalidad, como si hubiese tenido lugar en una ciudad precolombina donde la muerte era algo esperado y a largo plazo no importaba demasiado.

Nadie prestó atención a aquella mujer que murió en la avenida Saint Charles de Nueva Orleans una tarde de junio. Nadie pensó que fuera un hecho inusual o remarcable. Y cuando Didion entró en la cafetería más próxima al lugar, escuchó a los vecinos comentar la imposibilidad de salvación y la ausencia de culpables. Pensó que hablaban de la mujer que acababa de fallecer, pero en seguida se dio cuenta de su error: hablaban de lo que acabaría sucediendo con el tiempo.

“Es lo que hay”, dijo la anciana al cabo de un momento.

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