Santa Teresa de Jesús: de la vida religiosa a las palabras

Santa Teresa de Jesús, también conocida como Teresa de Ávila (1515-1582), es uno de los principales exponentes de la poesía mística renacentista y una de las más grandes escritoras en lengua castellana. Sin embargo, la fama de Santa Teresa de Jesús y sus obras más importantes no siempre gozaron de la admiración y respecto de quienes las leyeron. Como toda persona sobresaliente, Santa Teresa de Jesús se enfrentó a hombres y mujeres que la difamaron y atacaron sin piedad hasta incluso después de su muerte.

De Teresa de Ahumada a Teresa de Ávila

Nacida del segundo matrimonio de su padre, la primera hija de Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz de Ahumada recibió el nombre de su abuela materna, Teresa. Fue la primera de los diez hijos del matrimonio y, si creemos las palabras que la religiosa recoge en el Libro de la vida, muy querida tanto por su padre como por su madre, un matrimonio que, en contra de la opinión predominante del momento, apostaba por enseñar a leer y a escribir tanto a mujeres como a varones.  

No hace mención Santa Teresa a la supuesta condición de converso de su abuelo Juan, padre de Alonso, aunque en la actualidad ha quedado demostrada su ascendencia judía; pese a ello, sí que se refiere a la honra y a su defensa en diversas ocasiones, motivo que ha movido a la crítica a pensar que la santa debía conocer este suceso.

Ingreso en el monasterio

Independientemente de ello, al pertenecer a los círculos burgueses en los que sus padres se movían, Santa Teresa de Ávila se crio como una niña coqueta y más bien mimada (al menos, es lo que ella describe en su obra). Según su Libro de la vida, la joven Teresa se peinaba y perfumaba, seguía la moda propia de la sociedad del siglo XVI y cuidaba enormemente su aspecto físico. Pero detrás de este discreto y socialmente aceptado velo se escondía una personalidad más bien independiente. Ya desde pequeña sintió fascinación por las aventuras y los trabajos de los santos, y soñaba, junto a su hermano Rodrigo, con seguir la misma suerte que muchos mártires y morir en nombre de Dios en tierras lejanas.

Pero la biografía de Santa Teresa de Jesús también contiene dolor. Su madre, de quien adquiriría el hábito de leer libros de caballería (su padre era más dado a leer una prosa más “seria”, como libros religiosos), murió cuando Teresa tenía 13 años, dejando a la joven con una enorme congoja y la incapacidad para hacer frente, en un momento tan temprano, a la pérdida del referente materno.

Encontró consuelo en la oración y en María de Briceño, amiga y novicia que poco a poco fue influyendo en la joven huérfana. A ello se unió la lectura de los libros religiosos que su tío, Pedro Sánchez de Cepeda, prestaba a su sobrina cuando ambos se veían. De ese modo, y según podemos leer en las obras de Santa Teresa de Jesús, fue la joven perdiendo el miedo a ser monja, dejando de lado ese sentimiento de ser “enemiguísima” de las mujeres que ingresaban en conventos, anestesiando un dolor que parecía haber llegado para instalarse por un tiempo indeterminado.

Tomada la decisión, en 1535 la joven Teresa confesó a su padre su determinación de ser monja, algo que no gustó a Alonso Sánchez de Cepeda, quien se negó y suplicó a la más querida de sus hijas que no ingresase en las carmelitas. Pero la semilla había sido plantada y Teresa de Ahumada, con la ayuda de su amiga Juana Suárez, ingresó en el convento en noviembre de 1535, rebelándose contra los deseos de su padre y mostrando ya entonces una enorme capacidad para defender las ideas propias por encima de las opiniones y juicios de los demás.

La enfermedad de Santa Teresa, ¿una epilepsia?

Comenzaba de este modo una nueva vida en Teresa de Ávila, aunque, según ella misma narra en el Libro de la vida, la nueva vida comenzaría cuando quedó conectada, para siempre, con Dios. Sin embargo, es evidente que el ingreso en la orden carmelita supuso un cambio de rumbo en la vida de una Teresa que, siguiendo al historiador Joseph Pérez, llegó a contar con un pretendiente que quería contraer matrimonio con la joven.

Poco después de ingresar en la orden, Santa Teresa comenzó a sufrir los problemas físicos que la acompañarían hasta su muerte. En 1539 Teresa se encuentra en un momento sumamente delicado de salud, unos contratiempos que la mantendrán alerta durante tres años y le dejarán infinidad de secuelas. Entre los síntomas se encontraban desmayos, debilidad, convulsiones, problemas de corazón…

Pese a su recuperación, estos síntomas acompañarían a la futura santa durante toda su vida y, de hecho, la “misteriosa enfermedad” que padecía ha sido objeto de numerosos estudios. La opinión más extendida está relacionada con una posible epilepsia que habría dejado secuelas a la joven, razón de sus supuestas “mercedes espirituales”. Así lo defienden los médicos y doctores Esteban García-Albea, Pierre Vercelletto o Michel Bonduelle, quienes, tras estudiar los testimonios sobre los síntomas de Teresa, hablan de una “crisis epiléptica grave”[1].

No obstante, y como ocurre con todo, no tenemos una opinión certera de lo que le podía suceder a Santa Teresa. Ella misma confiesa que, tras experimentar algunas de las mercedes (las cuales incluían visiones, alucinaciones, palabras de Dios…), el dolor se extendía por su cuerpo y los contratiempos que le producían se extendían por días o semanas. Sin embargo, otros dolores que le causaban las mercedes eran sociales, pues no siempre contó con la ayuda y comprensión de los demás. Así lo detalla en el Libro de la vida:

(…) sin tener persona con quien tratar, porque todos eran contra mí: unos me parecía burlaban de mí, cuando de ello trataba, como que se me antojaba; otros avisaban al confesor, que se guardase de mí; otros decían, que era claro demonio: solo el confesor, que, aunque conformaba con ellos (por probarme, según después supe) siempre me consolaba, y me decía, que aunque fuese demonio, no ofendiendo yo a Dios, no me podía hacer nada, que ello se me quitaría, que lo rogase mucho a Dios;

Santa Teresa de Jesús

Reforma de Santa Teresa

Al igual que le sucedió a su amigo y confidente, Juan de Yepes, Teresa de Jesús no contó con la admiración y defensa de todos los carmelitas de su orden. Tras su ingreso en el convento de la Encarnación de Ávila, carmelitas de Ávila, comienza a comprender que la orden carmelita se ha desviado en exceso de los votos iniciales.

A pesar de este entendimiento, tardó años en comenzar su reforma. En la concepción de estas ideas influyó enormemente la lectura de libros religiosos y, sobre todo, de los llamados “primeros monjes”. Así, Teresa de Ávila llegó a la conclusión de que, para lograr servir a Dios correctamente, era preciso contar con un encerramiento (las monjas de la Encarnación podían abandonar el convento en cualquier momento), reducir las visitas (especialmente de familiares y amigos) y contar con una igualdad total dentro del convento (las monjas pertenecientes a familias ricas gozaban de enormes privilegios en las carmelitas calzadas).

Por si ello fuera poco, la idea de Santa Teresa era crear una comunidad de monjas y, como señala en Camino de perfección, que sus integrantes se consideran unas a otras como hermanas: “Aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar”, escribió.

Además, Teresa de Ávila, al igual que los carmelitas descalzos (quienes, por cierto, siguen a Santa Teresa en su reforma, y no al revés), no solicitaba la limpieza de sangre para ingresar en sus filas, razón por la que contó con el afecto, respeto y apoyo de las familias conversas.

Persecución de los carmelitas

Aunque ciertos carmelitas letrados apoyaron y animaron a Teresa (Juan de Yepes, Fray Antonio de Jesús, Pedro de Alcántara…), desde que en 1560 tomó la decisión de fundar sus propios conventos (el primero sería el monasterio de San José, en 1562), Santa Teresa sufrió todo tipo de insultos y vejaciones.

En contra de lo que pudiera parecer, Teresa de Ávila no solo contó con la antipatía de hombres religiosos contrarios a lo que consideraban el desafío femenino de su autoridad. Gran parte de los problemas de Teresa se gestaron en las pareces de su propio convento, entre las monjas carmelitas y una parte del pueblo llano. Por ejemplo, durante la fundación de su primer convento en agosto de 1562, la futura santa fue forzada a regresar al convento de la Encarnación, pues los alborotos en la ciudad no permitieron acceder al edificio (y no sería esta la única vez).

En el Libro de la vida, la monja describe las dificultades que encontró para fundar su primer convento:

Estaba muy malquista en todo mi monesterio, porque quería hacer monesterio más encerrado: decían que las afrentaba, que allí podía también servir a Dios, pues había otras mejores que yo, que no tenía amor a la casa, que mejor era procurar renta para ella, que para otra parte (…) Unas decían que me echasen en la cárcel, otras, bien pocas, tornaban algo por mí.

Santa Teresa

Pero Teresa fue una mujer más fuerte e independiente de lo que aparentaba ser. Se enfrentó a los letrados y confesores durante años (aunque, obviamente, de un modo disimulado); así, envió cientos de misivas, consultó y buscó apoyos de manera incansable para, finalmente, continuar con su reforma (o, mejor dicho, fundación, como ella misma describe). Tal es así que, con el secuestró del Libro de la vida por parte de la Inquisición, se comenzó a gestar la obra Castillo interior o Las moradas de Santa Teresa, como si, pasase lo que pasase, la futura santa nunca se diera por vencida. Fue el padre Gracián quien le recomendó su escritura, pero, como ocurre con otros textos de Santa Teresa, es ella misma la que parece proponer, de un modo sutil, la escritura para obtener el beneplácito. Así, al menos, lo consideran muchos de los estudiosos de la santa, como Pérez o García de la Concha.

En cualquier caso, a partir de 1570 las injurias, persecuciones y ataques, especialmente por parte de los carmelitas calzados (aquellos que no se acogían a la reforma), se agudizaron. Sus compañeros, Juan de la Cruz y Germán de San Matías, desaparecieron repentinamente. Aquellos que protegían y defendían a la monja también parecieron esfumarse, ya fuera porque iban muriendo (es el caso de Bautista Rubeo) o porque apostaban por un prudente silencio hasta que la tempestad amainase. Así le ocurría, por ejemplo, a Jerónimo Gracián, el “hijo querido” de Santa Teresa, con quien la monja se sintió algo molesta durante los últimos meses de su vida.

Últimos años de Teresa

A pesar de las ofensas, Teresa no desistía en su empeño, y durante los diez últimos años de su vida siguió escribiendo más obras (Las moradas o El libro de las fundaciones,entre otros), a la par que fundaba conventos y se trasladaba por todo el territorio español.

A partir de 1580 sus problemas físicos se intensificaron, con parálisis y fallos del corazón. No obstante, vieja y enferma, siguió moviéndose de un sitio a otro (Toledo, Ávila, Valladolid, Palencia, Burgos), sufriendo vejaciones de monjas carmelitas, como la priora de Valladolid, que no le permitió acceder al convento, o la de Medina de Campo, que trató a la santa despectivamente y no despidió a Teresa cuando se marchó.

Murió en 1582 en Alba de Tormes, siendo acusada, entre otras cosas, de mentirosa, mujer entrometida, endemoniada, impostora o peligrosa para la Iglesia católica. A pesar de ello, Teresa siempre confió en estar haciendo lo correcto, aquello que Dios le había encomendado personalmente.

En este sentido se entienden composiciones como el “Nada de turbe” de Santa Teresa, versos a través de los cuales la santa recuerda que “solo Dios basta”.

“Nada te turbe, nada de espante” (Santa Teresa)

Nada te turbe,
Nada te espante,
Todo se pasa,
Dios no se muda,

La paciencia
Todo lo alcanza;
Quien a Dios tiene
Nada le falta:
Sólo Dios basta.

Eleva el pensamiento,
al cielo sube,
por nada te acongojes,
Nada te turbe.

A Jesucristo sigue
con pecho grande,
y, venga lo que venga,
Nada te espante.

¿Ves la gloria del mundo?
Es gloria vana;
nada tiene de estable,
Todo se pasa.

Aspira a lo celeste,
que siempre dura;
fiel y rico en promesas,
Dios no se muda.

Ámala cual merece
Bondad inmensa;
pero no hay amor fino
Sin la paciencia.

Confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y espera
Todo lo alcanza.

Del infierno acosado
aunque se viere,
burlará sus furores
Quien a Dios tiene.

Vénganle desamparos,
cruces, desgracias;
siendo Dios su tesoro,
Nada le falta.

Id, pues, bienes del mundo;
id, dichas vanas,
aunque todo lo pierda,
Sólo Dios basta.

Bibliografía

  • García de la Concha, V. (1981). Teresa de Jesús: humanismo y libertad. Conferencias impartidas en Fundación Juan March. Disponible en https://canal.march.es/es/coleccion/teresa-jesus-humanismo-libertad-i-audacia-reforma-19316.
  • Jesús, Teresa de (s.f.). Obras completas de Santa Teresa de Jesús. Edición Kindle. Disponibles en https://www.amazon.es/Obras-Completas-Santa-Teresa-Jes%C3%BAs-ebook/dp/B012P16PSC.
  • Menéndez Peláez, J. et al (2005). Historia de la Literatura Española. Volumen II: Renacimiento y Barroco. Editorial Everest.
  • Pérez, J. (2007). Teresa de Ávila: la mirada de un historiador. Ciclo de conferencias impartidas en la Fundación Juan March. Disponible en https://www.march.es/es/madrid/teresa-avila-mirada-historiador.
  • Pérez, J. (2007). Teresa de Ávila y la España de su tiempo. Editorial Algaba.
  • Serés, G. (2008). Biografía de Santa Teresa de Jesús. Cervantes Virtual. Disponible en http://www.cervantesvirtual.com/obra/santa-teresa-de-jesus-biografia/.

[1] Joseph Pérez, en Teresa de Ávila y la España de su tiempo, recoge algunos de los estudios de médicos que han analizado el caso de Santa Teresa. Concretamente, las conclusiones de García-Albea y Vercelletto se encuentran en las páginas 51 y 52 de su obra.

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