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San Juan de la Cruz y la Noche Oscura: la felicidad a través del dolor

Fue el siglo XVI en España una época de grandes cambios. Si el siglo XV había significado la transición y caída de la sociedad feudal, con unos nobles que todavía se negaban a aceptar lo que para muchos era evidente, el siglo XVI significaba la consolidación del Imperio.  Pero este nuevo mundo, que a base de ser alimentado y engrandecido poseía ya vida propia, engendró un nuevo modo de entender la vida. Renacimiento y Humanismo irían de la mano en este camino en el que surgieron corrientes espirituales-religiosas, como el erasmismo, con una fuerte influencia en España. Por ello, los hombres y mujeres del siglo XVI cuestionaron lo aprehendido y aceptado hasta el momento como inamovible, internándose de lleno en la crisis de su siglo, es decir, la crisis de autoridad que los marcaría a todos y les haría caminar a través de una nebulosa excesivamente sólida.

De Juan de Yepes a San Juan de la Cruz

En esa crisis de autoridad entraría Juan de Yepes y Álvarez, más conocido como San Juan de la Cruz. Nacido en Ávila en 1542, huérfano de padre y sumido en la más absoluta pobreza, desde pequeño recibió una formación humanística que le haría dudar y buscar soluciones, evitando así chapotear en la superficie como sí hicieron muchos de sus coetáneos. Estudió en la Universidad de Salamanca, centro del humanismo en España, donde impartían clases algunos de los estudiosos más valorados del momento, como Fray Luis de León o Francisco Sánchez de Brozas, apodado “El Brocense”.

Tras conocer a Teresa de Jesús, se unió al movimiento reformador del Carmelo, pues esta orden había olvidado sus orígenes y requería de un cambio. Tanto Santa Teresa como San Juan pretendían situar el foco sobre la meditación individual, la disciplina personal y la oración mental para, de este modo, conseguir una reforma doctrinal. Pero esta reforma, que comenzaba a tener demasiados adeptos, amenazaba los privilegios de muchos carmelitas calzados, por lo que fue tachada de “desobediencia” y San Juan, uno de sus principales promotores, fue apresado, humillado y enviado en secreto a Toledo. Ni siquiera Santa Teresa conocía el paradero de su fiel amigo y, aunque envió misivas al rey Felipe II, no obtuvo respuesta.

Nueve meses duró el cautiverio de San Juan. Entre 1577 y 1578 fue alimentado con agua, pan y pescado en la mazmorra del convento, donde los frailes le sometieron a golpes e intentaron seducirle con cargos. Pero Juan de Yepes ya había soportado el hambre y la penuria en su infancia y creía en su reforma, en la pobreza en la que debían vivir los religiosos a imitación de Cristo. La mayor parte de su tiempo lo pasaba en su celda, de siete metros de largo y 1,70 de ancho, meditando y estudiando en su cabeza lo que serían sus grandes composiciones, como el Cántico espiritual o la Noche oscura. Pero un día, cuando los frailes creían que las aguas habían vuelto a su cauce, San Juan consiguió fugarse de su celda. Atando sábanas y saltando tapias, recorrió las oscuras calles toledanas y recibió ayuda. Fue excomulgado y enviado a Andalucía, donde extrañaría su amada Castilla. Y allí, en 1591, fue enterrado en un hoyo en la tierra, abandonado por muchos y condenado por los miembros de su propia orden al destierro y al olvido hasta que, primero exhumado y después beatificado, 150 años más tarde el papa Benedicto XIII lo canonizaría.

La escritura de la Noche Oscura

Juan de Yepes y Álvarez no buscaba fama o gloria. No anhelaba dinero ni la admiración de susontemporáneos. Ni siquiera iba detrás de una reforma poética o la introducción de nuevos preceptos, como Garcilaso de la Vega o Juan Boscán. Lo que movía a San Juan a la hora de escribir era la simple divulgación entre sus compañeros carmelitas, la comprensión de un mensaje para el que las palabras eran inexactas e insuficientes y no alcazaba la forma para abarcar el contenido.

Al igual que otros a lo largo de la historia-desde Jorge Manrique con una parte de sus Coplas hasta Miguel de Cervantes y Don Quijote de la Mancha- las paredes de su celda en Toledo transmitieron a San Juan la idea primigenia de la Noche, una obra que pretende explicar el ascenso místico del alma humana hasta Dios. Su simbología y origen han sido debatidos por la crítica, pues el hecho de que utilice un amor carnal para explicar el encuentro con Dios ha hecho a muchos dudar sobre sus verdaderas intenciones. Sin embargo, el propio San Juan, en sus comentarios, explica la razón de esta elección. Quizás por esta bruma que envuelve toda la obra, Menéndez Pelayo aseguró quela Noche oscura le transmitía un “religioso terror”.

Primero estuvo recluido en una cárcel convencional hasta que, con la huida de fray Germán de San Matías, fue reconducido a un minúsculo espacio en el que apenas se podía mover. Tan solo una pequeña ventana permitía, cuando las condiciones meteorológicas eran propicias, el paso de un rayo de luz que iluminaba la estancia. Además, un par de días a la semana, los frailes calzados le golpeaban en la espalda. El propósito de esta tarea era doblegarlo, humillarlo, destruirlo como hombre y hacer que renunciase a las pretensiones de reforma que compartía con Santa Teresa.

Sin embargo, para San Juan el sufrimiento es el camino necesario para alcanzar la felicidad. Aunque el simbolismo de la Noche Oscura ha sido estudiado por diversos críticos, la concepción de esta obra es inseparable de su estancia en la cárcel toledana. En ella, San Juan explica las tres fases que el hombre debe atravesar para esa fusión mística, pues el ser humano está compuesto por cuerpo, alma y espíritu, y tanto el cuerpo como el alma están contaminados por el pecado. Antes del amanecer y la llegada de la luz, la noche es más oscura y siniestra: es el momento del cuestionamiento y la renuncia, de la purificación.

Porque para San Juan, Dios está en el alma aunque no lo percibamos, y solo a partir de la dolorosa renuncia de ciertas creencias -de la aceptación de la imperfección y, por lo tanto, la negación de uno mismo- podremos sentir de nuevo lo único que puede vencer al miedo, lo único que le permitió a San Juan saborear el encierro como una libertad que no es otorgada ni entregada por otros porque es inherente: el amor que está en los hombres y mujeres, aunque a veces se les olvide.

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