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Olvidar un olvido | Luis Cernuda

Como los erizos, ya sabéis, los hombres un día sintieron su frío. Y quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor. El resultado fue, ya sabéis, como en los erizos.

Hablar del desamor nunca es sencillo. Cuando uno se encuentra inmerso en él la angustia lo empapa todo -los muebles, el calendario, las palabras afectuosas de los seres cercanos- y todo cuanto se escribe queda contaminado y exagerado, de modo que una vez la herida comienza a sanar uno relee lo que antes percibió como bueno y solo ve sentimentalismo. Del otro lado, si uno espera a que los días se sucedan y el alivio se manifieste corre el riesgo de que el tiempo -y su capacidad de “dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”, en palabras de Cervantes– borren todo rastro de lo que antes se sintió como profundo y descorazonador, y se llegue, de este modo, a la realista conclusión de que toda opción de fidedigna narración murió con un amor del que ya solo quedan migajas, reductos de otra época.

Además, cuando el amor muere no solo se va extinguiendo, poco a poco, una relación (con su consiguiente afecto, confianza y apoyo mutuo) sino que también comienza a apagarse una parte de los que no hace mucho eran amantes y amigos, que tienen que observar ahora horrorizados cómo su antiguo yo agoniza y grita y busca exasperado el modo de sobrevivir. Quizá fue ese yo desesperado el que empujó a Luis Cernuda (1902-1963) a escribir Donde habite el olvidouno de sus poemarios más conocidos y por el que, con los años, mostraría un particular desdén.

Un olvido, un recuerdo

Con el fin de su relación con Serafín Fernández Ferro, de quien se enamoró profundamente, comienza en Cernuda una difícil etapa en la que la soledad y la tristeza se convierten en sus compañeros. Cualquier posibilidad de contacto con el exterior queda imposibilitada por ese manto transparente y ceniciento que cubre a Cernuda, que lo separa del mundo, que lo atrapa viscosamente y lo arrastra hacia las profundidades. Estos meses de 1934 serán para el poeta del 27 funestos en el plano emocional, pero de una gran capacidad creativa en el artístico. Gracias a ellos el escritor dejó constancia de su visión de aquel mundo ya extinto, de un amor que lo demolió y lo destruyó y, por supuesto, de un olvido.

Precisamente la búsqueda del olvido -pero la incapacidad para hallarlo- originó en Cernuda un vasto sentimiento de angustia (“No quiero recordar / un instante feliz entre tormentos”) que lo va sumiendo, sin que se dé cuenta, en la resignación, incapaz de encontrar consuelo en la amnesia emocional que llegaría con la sucesión de los días. Es probable que, quizás por esta visión tan negativa de la realidad ante un simple fracaso amoroso, el Cernuda maduro -que tanto había sufrido lo que era el dolor real, el dolor político- rechazara lo escrito en su juventud, pero esto no hace más que corroborar la idea que sostiene cuando afirma que “No es el amor quien muere, / somos nosotros mismos”, porque este Luis -aunque ya no- un día fue, un día existió. Y en esa transitoriedad del ser al no-ser, del existir al no-existir, se atraviesa obligatoriamente un estado neutro: el del no vivo-no muerto, el ser que está presente en cuerpo pero no en alma o sentimiento, que cree poder morir de dolor pero permanece y lucha por instinto natural:

Como nube feliz que pasa sin la lluvia,
como un ave olvidada de la rama nativa,
a un tiempo poseíste muerte y vida
sin haber muerto, sin haber vivido.

Su visión pesimista se va consolidando a lo largo de Donde habite el olvido (“No creas nunca, no creas sino en la muerte del todo”) debatiéndose siempre entre la realidad cruenta y el deseo de inocencia. Pero el otro, el ser amado, no es solo otro, sino también uno mismo que lo empapa a través de sus ojos (“Esperé un dios en mis días / para crear mi vida a su imagen”), que lo moldea con sus expectativas y sueños personales y luego, una vez absorbido e interiorizado, debe aceptar ahora que se marche lo que se consideraba -injustamente- propio. Y eso es lo más difícil para Cernuda: la pérdida de uno mismo, el desarraigo personal que queda latente y estira el dolor y lo alarga hábilmente, sumiéndolo en la desesperación y el desconsuelo. Porque Luis, cuando escribía Donde habite el olvido, “se buscaba a sí mismo / pretendía olvidarse a sí mismo” sabiendo, no obstante, que en cualquiera de los dos supuestos una parte de él -que había amado, idolatrado y amamantado felicidad y ternura- era conducida, suave e irremediablemente, hacia esa nada que lo engulle todo y acaba por evaporarlo como si nunca hubiese existido: el olvido.

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