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Odiado Diego

Era el año 1978. Diego Rivera -fallecido veinte años atrás- era, junto a su tercera mujer, Frida Kahlo, un símbolo nacional en México, una imagen con la que el país proyectaba al mundo su identidad propia y se enorgullecía de un pasado precolombino que los conquistadores habían condenado al olvido. Camisetas, tazas, libretas y todo un imperio de merchandising se erguía sobre la pareja que representaba más que ninguna esa idea tan arraigada entre los románticos contemporáneos de que “el amor de tu vida si bien te quiere, te hará llorar”. Todos los que compraban y vendían los productos -y daban forma de este modo a una enorme figura surgida de un pequeño reducto de sombra y mentira- conocían de antemano la enfermiza relación que ambos mantuvieron, mucho más cercana a la dependencia emocional que a una relación igualitaria y bidireccional. Pero no interesaba iluminar ese fondo en el que habitaban el dolor y la miseria. Era más lucrativa la careta que se exponía sobre ellos y los situaba en el centro internacional, aportándolos un rostro y unos rasgos diferenciados de Occidente

Querido Diego, te abraza Quiela

‘Querido Diego, te abraza Quiela’
Ed. Impedimenta

Fue precisamente en ese momento de euforia muralista cuando Elena Poniatowska (París, 1932) mostró esa faceta de Diego Rivera que muchos se negaban a contemplar. Con la publicación de Querido Diego, te abraza Quiela -una pequeña obra de menos de cien páginas- la imagen de Rivera que se proyectaba era letal: la de un hombre déspota, frío y cruel, un egoísta sin escrúpulos capaz de utilizar a las personas que lo rodeaban a su antojo para conseguir aquello que pretendía. Poniatowska, que había recibido el reconocimiento internacional con la publicación de Hasta no verte, Jesús mío en 1969, se atrevió de este modo a escribir y publicar un secreto a voces: el maltrato psicológico al que Diego Rivera sometía a sus amantes.

En esta ocasión, no obstante, el foco no se situaba sobre la conocida Frida Kahlo -quien llegó a comparar el brutal accidente de su juventud, en el que se rompió la columna vertebral, con la llegada de Diego a su vida- sino sobre una silueta difuminada que casi nadie recordaba ya, una mujer que compartió diez años con Rivera y con quien llegó a tener un hijo que moriría muy joven: Angelica Beloff, su primera esposa.

Quiela -como Rivera la llamaba cariñosamente- permaneció en París tras el regreso de su marido a México. Desde allí le remitió una serie de cartas que nunca obtuvieron respuesta. Conmovida por dicho testimonio, Poniatowska reconstruyó la historia de una ausencia y presentó su novela organizada en doce cartas, de las cuales solo la última es real. En ellas, Quiela le hace partícipe de su vida cotidiana en un París distante del que quiere escapar. La pobreza, la enfermedad y el sufrimiento se materializan en las páginas, y, sobre todo, la súplica por la llamada y la unión.

Así, por mucho empeño depositado cariñosamente por Quiela, por muchas veces que le recuerde a Diego que su amor permanece inalterable y que está dispuesta a perdonar cualquier desfalco o extravío (ya lo ha hecho antes), la única respuesta obtenida será el silencio, un vacío que poco a poco -y por mucha resistencia impuesta por la artista rusa- irá arrastrando sigilosamente a la todavía mujer de Diego Rivera a la realidad que tanto le cuesta admitir: que aquel a quien ha dedicado diez años de su vida, con quien tuvo un hijo al que aún recuerda, a quien amó como no volverá a amar a nadie, la ha olvidado nada más subir al barco que le conducía hacia México.

Angelina Beloff retratada por Diego Rivera

“Siento que también yo podría borrarme con facilidad”, le confiesa en la primera carta. “Ni una línea tuya y el frío no ceja en su intento de congelarnos”, escribe en la segunda. Y mientras tanto, mientras se suceden los recuerdos de Quiela en las misivas -la escasez en la que se halla inmersa, el recuerdo del hijo que la condena a la evocación que tanto escuece al ser extraído del pasado, la enfermedad física y psicológica- la figura de Diego es un eco ilusorio, un hombre cruel que no responde ni escribe líneas (“Te amo, Diego, ahora mismo siento un dolor casi insoportable en el pecho”, “(…) me golpea tu recuerdo y ya no puedo caminar y algo me duele tanto que tengo que recargarme contra la pared”). La habitación, que la artista mantiene estática por si su marido regresa, nos muestra el estado mental del abandono inconcebible, del desgarro emocional que se hace imposible de asimilar racionalmente pero aun así causa la pérdida de la cordura.

También los amigos de Rivera intentarán hacer entrar en razón a Quiela, hacerle ver que su Diego tiene una vida lejos de ella. Pero Quiela se niega una y otra vez a aceptar la realidad (“Te abrazo y te digo de nuevo que te amo, te amaré siempre, pase lo que pase”, escribe). Y así, avanzando en la narración, llegamos a la última carta, la que verdaderamente Quiela escribió a Diego Rivera el 22 de julio de 1922 y Elena Poniatowska, con valentía, hizo pública con esta novela. En ella Angelina parece haber perdido la esperanza de reencontrarse con el hombre que más había amado, el padre de su hijo. “Ahora sé por Élie Faure de tu amor mexicano”, confiesa, “pero mis sentimientos por ti no han cambiado”. De este modo, y pese a la verdad plomiza, la artista se seguirá aferrando al sentimiento que, buscando hábilmente su propia supervivencia, pretende mantener vivo el vínculo ya inexistente. “Sobre todo, contéstame a esta carta que será la última con la que te importune”. Pero para Diego, un ser egoísta y ególatra que acabaría repitiendo la misma conducta con sus posteriores mujeres, solo existía él mismo. Así nos lo hace saber Poniatowska al final del libro, cuando, siguiendo las investigaciones de Bertram Wolfe, nos desvela lo que acabó sucediendo entre dos artistas que compartieron años de su vida, que se amaron y apoyaron en los peores momentos:

(…) en 1935, es decir, trece años después, impulsada por pintores mexicanos amigos suyos, Angelina Beloff logró ir a la tierra de sus anhelos. No buscó a Diego, no quería molestarlo.

y concluye:

Cuando se encontraron en un concierto en Bellas Artes, Diego pasó a su lado sin siquiera reconocerla.

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