Bienvenido

Sígueme en mis redes

Follow us

Miguel Hernández y Vicente Aleixandre: Una amistad, un amor

El destino, que los había ido acercando poco a poco y tejiendo sus redes con una habilidad silenciosa y paciente, los unió una tarde de primavera de 1935. Era el quinto viaje que Miguel Hernández (1910-1942) realizaba a Madrid. Conocía la capital, sus calles y sus gentes, las diferencias notorias que existían con su Orihuela natal. Y eso le fascinaba. Por ello, aunque era la quinta vez que pisaba las piedras asfaltadas de lo que consideraba el centro, en esta ocasión era distinto, pues el poeta había decidido instalarse en la capital y, por qué no, probar suerte y conocer a sus escritores venerados.

En 1931 había escrito a Juan Ramón Jiménez. Hernández viajaba por primera vez a Madrid y quiso conocer a uno de sus poetas más admirados. No obtuvo respuesta, pero ello no lo desanimó. Amaba la poesía por encima de todas las cosas y la poesía no emergía de la nada, sino de unas manos que escribían y leían y palpaban y a las que él quería estrechar, quizás buscando el contagio creativo.

Caminaba por la Puerta del Sol una tarde de 1935, recién instalado y acomodado, cuando se acercó al escaparate de una librería. A través del cristal, manoseado y sucio por todos los curiosos que querían observar, vio La destrucción o el amor, obra por la que Vicente Aleixandre (1898-1984) había obtenido el Premio Nacional de Literatura. Tal vez entró Hernández en la librería, manoseó el libro, leyó algunos versos. Pero no lo compró. No podía permitírselo. Por ello escribió al futuro premio Nobel:

“He visto su libro La destrucción o el amor, que acaba de aparecer… No me es posible adquirirlo… Yo le quería muy reconocido si pudiera Vd. Proporcionarme un ejemplar… Voy a vivir ahora en Madrid, donde estoy”.

Lo que para otros escritores hubiese sido una ofensa o una burla, un insulto personal, para Vicente Aleixandre fue un acto puro y entregado. Y cautivado por el gesto y atrevimiento de un joven que leía poesía pero que vivía ajeno a las normas de conducta del ámbito cultural, Aleixandre invitó a Miguel Hernández a conocerse en persona.

Aquella primera tarde ya debieron unirse los lazos y quedó afianzada la base de una amistad que más tarde soportaría tantas miserias y fatalidades. Ambos eran hombres sinceros y entregados que, pese a todo, creían en la bondad humana y sentían esperanza por un futuro sobre el que se cernían nubarrones espesos. Apenas tres meses más tarde Aleixandre escribe a Hernández una carta en la que afectivamente le llama Mi querido Miguel: “Me acuerdo mucho de ti, de nuestras tardes”.

Una amistad instantánea

El 4 de mayo Aleixandre invitó a Hernández a un homenaje por su Premio Nacional de Literatura. En el mismo acto Hernández coincide con las grandes mentes de su tiempo: María Zambrano, Pedro Salinas, Pablo Neruda, Gerardo Diego…

La amistad entre ambos superaba el ámbito literario. Se hacían confidencias, se daban consejos, compartían sus inquietudes. Aleixandre le hablaba sobre su amante, Andrés Acero. Hernández, por su parte, atravesará una crisis que lo llevaría a dudar de todo, a consagrar sus ideales políticos de izquierdas y a terminar con su novia, Josefina Manresa, y comenzar su relación con la pintora Maruja Mallo. Vicente le aconsejaba, siempre cauto, como el hermano mayor que intenta guiar al pequeño ante la paradoja que causa la duda.

Durante la guerra civil, Aleixandre atravesó unos difíciles años en los que su enfermedad le causó grandes reveses, postrándolo en cama largas temporadas. Por ello, al regresar de Orihuela y con la escasez propia de las guerras, Hernández portó consigo un saco de naranjas de su tierra natal que vació en la cama de su amigo. También acompañó a Vicente a su vivienda, situada en la frontera que dividía los bandos al norte de Madrid, donde Aleixandre no pudo contener su llanto al ver saqueada su biblioteca, libros despedazados a conciencia y restos de una hoguera en la que habían ardido, como en épocas pasadas, obras consideradas peligrosas por quienes pensaban diferente. Así, la carretilla que Hernández había traído consigo para rescatar lo poco que fuera rescatable se convirtió en el soporte de un hombre destrozado que, atravesando los escombros y las ruinas de la guerra, regresaba a casa de un tío con el que vivía y un ejemplar de Canciones firmado por su amigo Federico García Lorca, fusilado el año anterior.

El reloj y el final

A finales de mayo de 1937, cuando Miguel Hernández y Josefina Manresa se reconciliaron y contrajeron matrimonio, Aleixandre entregó a Hernández un regalo muy especial. Se trataba de un reloj de oro, un obsequio del que Hernández no quería desprenderse nunca: ni para bañarse en una charca -el 17 de junio se le cae el cristal al hacerlo, como bien le cuenta a su mujer por carta- ni para abandonar una España en la que todo está perdido. No pensó Hernández en que el reloj que portaba podía llamar la atención de aquellos de los que quería esconderse.

El 4 de mayo de 1939, los carabineros portugueses paran a un hombre con un aspecto sospechoso. Físicamente parece un desarrapado, tiene acento español y, lo más extraño, lleva un reloj de oro que no se corresponde con el resto de la indumentaria. Lo devuelven a la villa de Rosal de la Frontera, en Huelva, sin saber que es un perseguido del franquismo. Vicente Aleixandre intenta mover las pocas influencias que tiene a mano -pues él también está siendo investigado por su tendencia izquierdista– para ayudar a su amigo.

En la cárcel del Conde del Torero coincidió con otros hombres desdichados que amaban las letras, como Antonio Buero Vallejo. Florentino Hernández Girbal, compañero del oriolano en la cárcel, aseguraba que “el nombre de Vicente no se le caía de la boca” y dedicaba las horas de su condena a defender la poesía de su amigo, que consideraba la poesía del futuro. Pero, aunque su pena de muerte le fue conmutada por treinta años y un día de presidio, su cuerpo no resistió las malas condiciones de las cárceles del franquismo, donde murió por filia pulmonar el 28 de marzo de 1942. “No te hago comentario sobre el dolor de una pérdida así”, escribe Aleixandre por carta a José Antonio Muñoz Rojas, “Una de las pocas alegrías de los años de la guerra era verle llegar cada cinco o seis meses a Madrid y pasarse allí unos días; yo estaba en cama (pasé dos años) y su compañía esos ocho o diez días que pasaba a mi lado aliviaban enormemente mi soledad de enfermo”.

Una vez fallecido el amigo no termina la amistad. Aleixandre hizo todo lo que estuvo a su alcance para ayudar a la viuda Josefina y al hijo que tenía con Miguel. Buscó editorial para la publicación de sus versos, aconsejó a la viuda y le advirtió de no ceder los derechos de autoría a nadie, le envió dinero de manera constante y buscó otros benefactores. También consiguió el dinero necesario para que el cuerpo de Miguel no fuese arrojado a una fosa común y encontrase el descanso del que quedan privados los perdedores de las guerras.

Años después, con los vientos más calmados y la serenidad necesaria, Aleixandre visitó Orihuela en busca de la tumba de su amigo:

“Buscábamos una lápida desnuda, un hueco. Y allí estaba, de pronto. Casi a ras de la tierra. Los nichos, alzados en oquedad, lejos de la tierra común, son tristes; pero este me sorprendía. Muy bajo, casi sobre la tierra, como apoyado en ella, como reposando amorosamente sobre su borde bueno. Allí se veía bien la lápida”.

Así terminaba la amistad de dos hombres que se admiraron, respetaron y amaron como admiraron, respetaron y amaron la Humanidad, siempre creyendo, a pesar del sufrimiento al que se vieron abocados, que el ser humano era noble por naturaleza. “Eres la persona en quien yo siento la más profunda confianza”, confesaba Aleixandre a Hernández por carta, “el amigo que más se acerca a la naturaleza. Qué curioso que siendo tan distintos en cosas diferentes (probablemente accesorias) yo sienta contigo como con nadie la inspiración profunda de la verdad del pecho”.

Bibliografía

No Comments

Post A Comment