mejores libros 2023

Los mejores libros que he leído en 2023

Otro año se marcha, otro año llega. Y, a medida que avanzan los meses, tantos libros leídos y tantos abandonados (¿para qué mentirnos?). Por ello, nunca está de más recomendar libros buenos (pero buenos buenos) para que, en caso de que alguien que lee este blog quiera materia de calidad, la encuentre sin problema. De esa manera surge, one again, la lista de mejores libros que he leído en 2023. Vamos allá.

Mis mejores libros del año 2023

Los galgos, los galgos, de Sara Gallardo

Empezamos fuerte. Sara Gallardo (1931-1988), escritora argentina, ya ocupó un puesto en la lista de mejores libros que he leído en 2020. Después de leer varias obras suyas (Enero, Eisejuaz, Los galgos, los galgos), solo me pregunto: ¿hay alguien en la literatura contemporánea capaz de igualar a semejante diosa de la literatura? Just saying.

De todas sus obras, Los galgos, los galgos (Malas Tierras, 2021) está considerada como la cumbre de su carrera literaria. No solo es una novela maravillosamente escrita (algo que, por cierto, está presente en otras obras de Gallardo), sino que también destaca por su trama y la complejidad de su protagonista. Sin querer hacer spoiler, tan solo mencionaré que la obra arranca cuando Julián hereda un terreno de su padre, bautizado como Las Zanjas, donde él y su pareja, Lisa, dan forma a una especie de paraíso terrenal, galgos incluidos. Sin embargo, la relación llega a su fin y es entonces cuando Los galgos, los galgos se convierte en una novela de desamor que arrastra a lo más hondo al lector:

“A veces la vida se transforma así. Qué astro, ceguera, mala suerte o extravío lo permite, no lo sé. Solo veo que en ese tiempo, que veo alumbrado por una triste luz rojiza, todo capricho, todo crimen parece inevitable. Quiero decir que nos separamos”.

Si hay algo que caracteriza la novela y a su protagonista, Julián, es la nostalgia y la incapacidad para soltar, para aceptar que las cosas llegan a su fin. Además, mientras las páginas se suceden, las imágenes de los galgos aparecerán cuando Julián conversa con otro personaje, cuando marcha a otros escenarios, cuando intenta olvidar la que, a ojos de Julián, fue la etapa más feliz de su vida:

“Sin ser blasfemo, digo: lo cambio todo, el triunfo eterno, el regreso y las trompetas por que estos meses no hayan acaecido, por que Lisa reaparezca, yo la tome por la nuca, sienta el gusto de su saliva en la boca, la oiga murmurar que me quiere.

Cambio todo por lo que fuimos”.

Chapó, Sara.

El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza

Ha llegado el momento de ponerse seria. El invencible verano de Liliana (Random House, 2021) es el homenaje que Cristina Rivera Garza (1964) dedica a su hermana, Liliana, más de 30 años después de su asesinato. En esta obra, Cristina Rivera Garza toca numerosos puntos: la vida de Liliana (y su asesinato a manos de su expareja), el duelo de la familia, la negación del dolor y el inicio del proyecto, con cartas y documentos que permiten que la escritora comience el relato.

Y es así, siguiendo aquel rastro que Cristina Rivera Garza va trazando, como nos enteramos de que Liliana, una joven de 20 años que estudiaba arquitectura en 1990, fue asesinada no solo por alejarse de su expareja, sino por representar aquello que más detestaba su asesino: la libertad de la mujer. A través de las páginas de esta conmovedora obra (la cual es un grito desgarrador de dolor y una denuncia/advertencia sobre la violencia contra la mujer) conocemos, queremos y admiramos a Liliana. Y, como su hermana, sufrimos y rabiamos enormemente con su asesinato:

 “El 16 de julio de 1990, Liliana Rivera Garza, mi hermana, fue víctima de un feminicidio. Era una muchacha de 20 años, estudiante de arquitectura. Tenía años tratando de terminar su relación con un novio de la preparatoria que insistía en no dejarla ir. Unas cuantas semanas antes de la tragedia, Liliana por fin tomó una decisión definitiva: en lo más profundo del invierno había descubierto que en ella, como bien lo había dicho Albert Camus, había un invencible verano. Lo dejaría atrás. Empezaría una nueva vida. Haría una maestría y después un doctorado; viajaría a Londres. La decisión de él fue que ella no tendría una vida sin él.

Hace apenas un año decidí abrir las cajas donde depositamos las pertenencias de mi hermana. Su voz atravesó el tiempo y, como la de tantas mujeres desaparecidas y ultrajadas en México, demandó justicia”.

Este libro es increíble no solo por su belleza, sino también por concebirse como un documento en el que queda patente una problemática social no resuelta.

Limónov, de Emmanuel Carrère

Emmanuel Carrère (1957) es uno de los escritores franceses más leídos en la actualidad. Sin embargo, debo reconocer que nunca había leído nada de él hasta Limónov (Anagrama, 2012), una biografía novelada sobre Eduard Limónov (1943-2020), escritor y político ruso que, debido a su oposición al régimen de Putin, sufrió amenazas, intentos de asesinatos e incluso la prisión.

Gracias a una biografía configurada bajo el prisma del escritor (quien, por cierto, no siente simpatía por Limónov), conocemos la historia del siglo XX de Rusia, la emigración de los opositores y la llegada al Kremlin de Vladimir Putin, al tiempo que nos movemos por el mundo con el polémico Eduard Limónov que, a pesar de las adversidades, encuentra una manera de abrirse paso (al menos, hasta el final del libro, cuando escritor y Limónov se encuentran frente a frente):

“A nosotros, que vamos, venimos y tomamos aviones a nuestro antojo, nos cuesta comprender que la palabra emigrar, para un ciudadano soviético, significaba un viaje sin retorno. Nos cuesta comprender estas palabras tan simples como un hachazo: para siempre. Y no hablo aquí de los tránsfugas, de artistas como Nureyev y Barýshnikov, que aprovecharon una gira por el extranjero para pedir asilo político: de aquellos de los que en Occidente se decía que habían «elegido la libertad» y a los que Pravda calificaba de «traidores a la patria». Hablo de la gente que emigraba de forma totalmente legal. En los años setenta era posible emigrar, aunque difícil, pero el que solicitaba el pasaporte sabía que, si se lo daban, nunca podría volver”.

1984 de George Orwell

¿He esperado 30 años para leer este libro? Sí. ¿Por qué? Sinceramente, por pereza, y también por un poco de rebeldía (“Tienes que leer este libro”, “¿Cómo que no has leído 1984?”, “Tía, debes leerlo”…). En fin, la cosa es que este año me dije a mí misma: “Rebeca, ser pretenciosa obliga a leer 1984”. Y aquí estamos, escribiendo estas líneas.

Poco puedo decir sobre esto que no se lea en los mil doscientos blogs de internet que contienen reseñas. George Orwell (1903-1950), escritor británico, concibió la novela como una denuncia y advertencia de lo que podía ocurrir en las sociedades democráticas cuando los individuos renuncian a la lucha y a la libertad. Con esta idea escribió 1984 (Debolsillo, 2013), una obra que se desarrolla en un Londres controlado por el Partido y su brazo ejecutor, la Policía del Pensamiento. De esta manera, nada ni nadie escapa del control y la vigilancia del Gran Hermano:

“Lo que interesa no es la moral de las masas, cuya actitud no importa mientras se hallen absorbidas por su trabajo, sino la moral del Partido mismo”.

El periodista, que había estado presente en algunos de los principales conflictos bélicos del siglo XX (entre ellos, la Guerra Civil Española), advirtió: “La evidente conexión que existe entre la infelicidad personal y la disposición a creer lo increíble es un descubrimiento de sumo interés”. Una afirmación que no debemos perder de vista en nuestros días.

La señora Dalloway, de Virginia Wolf

Se ha dicho que con La señora Dalloway, la británica Virginia Wolf (1882-1941) concibió una nueva forma de narrar. Y es que lo más interesante de esta novela no es la historia que relata (un día, desde la mañana hasta la noche, en el que Clarissa Dalloway pretende dar una fiesta), sino la manera en el que dicha historia está construida y narrada, como una cámara que no dejase nunca de grabar y que enfocase, monólogos interiores incluidos, a personajes de distintos lugares y clases sociales (aunque, eso sí, todos ellos sumidos en sus problemáticas e intrahistorias).

De esta manera, en La señora Dalloway (Austral, 2021)pasamos de unos personajes a otros, de tiempos presentes a pasados o futuros, como una gran maraña de historias interconectadas y narradas de manera original, donde el paso del tiempo parece el verdadero protagonista.

Como ejemplo, baste citar la escena en el que el humo de un vehículo, además de permitir que los lectores viajemos por el Londres postvictoriano, sirve de hilo conductor y enlaza unos personajes con otros:

“Todo había quedado detenido. El trepidar de los motores sonaba como un pulso irregular, batiendo en la totalidad de un cuerpo. El sol se hizo extraordinariamente ardiente, debido a que el automóvil se había detenido ante el escaparate de la floristería Mulberry; viejas señoras en lo alto de los autobuses abrieron negras sombrillas; aquí una sombrilla verde, allí una sombrilla roja, se abrieron con un leve plop. La señora Dalloway se acercó a la ventana, llenos los brazos de guisantes de olor, y miró hacia fuera, con su carita rosada fruncida inquisitivamente. Todos miraban el automóvil. Septimus miraba. Los chicos que iban en bicicleta se apearon de un salto”.

Sacramento, de Antonio Soler

Llegamos a uno de mis escritores favoritos. Como decimos en mi grupo de amigos, “canelita en rama”. ¿Escribirá algún día Antonio Soler (1956) algún libro que no me guste? Ojalá no.

El año pasado (2022) leí Apóstoles y asesinos, obra maestra; este año, Sacramento(Galaxia Gutenberg, 2021), obra maestra x2. Igual es porque soy periodista, pero me fascina la capacidad para narrar una historia real de manera novelada (Truman Capote, qué nos has hecho). En cualquier caso, la historia de Sacramento atrae no solo por real, sino por morbosa: Hipólito Lucena, sacerdote de la época franquista, articula una secta sexual con sus discípulas y practica orgías frente al altar, presentándose como padre espiritual ante su harén.

Pero, como diría Jerónimo Gracián, “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. O igual no. Porque al padre Lucena no le duró mucho el chiringuito, ya que, debido a los crecientes rumores, la Iglesia de Málaga se puso manos a la obra y comenzó a investigar. Gracias a ello Soler saca a la luz los trapos sucios de este sacerdote y nosotros tenemos la delicia de leerlo.

Hollywood, toma nota.

Mar de fondo, de Patricia Highsmith

Si te gustan los libros de suspense, this is your book. Patricia Highsmith (1921-1995) dio forma con Mar de fondo(Anagrama, 2023) a una de las parejas más variopintas y psicológicamente atrayentes de la literatura de suspense. Intentaré resumirlo: Vic y Melinda son un matrimonio de clase media-alta que organizan fiestas con sus amigos en una pequeña ciudad de Estados Unidos (hasta aquí, nada nuevo bajo el sol). Sin embargo, esta pareja no es tan convencional como pudiera parecer, ya que Melinda tiene un amante tras otro y Vic, aunque parece tolerarlo, guarda un gran rencor a su mujer, el cual no tarda en aparecer.

Aunque el principio me pareció un poco lento, pronto la novela adquiere agilidad y uno se pregunta qué sucederá con estos personajes, especialmente con Vic, cuya psicología esconde un lado oscuro que nadie, salvo su mujer, parece percibir. En la novela, las apariencias (por supuesto) juegan un papel determinante.

Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel

En el Chile de mediados de los años ochenta, con la dictadura de Pinochet en funcionamiento, fue donde Pedro Lemebel (1952-2015) decidió ambientar su preciosa novela. Pese a que parezca absurdo, los protagonistas homosexuales o transexuales siguen sin ser corrientes en la literatura; sin embargo, en este caso Lemebel sitúa el foco de atención sobre la Loca del Frente, un ser puro y admirable, y su amor por un joven guerrillero que combate a Pinochet.

Lo más interesante de la novela es su escritura, sumamente lírica y compleja, que hace que leer sea una delicia y, al mismo tiempo, un reto. He aquí un ejemplo:

“Tuvo que sentarse ahogada por el éxtasis de la escena, tuvo que tomar aire para no sucumbir al vacío del desmayo frente a esa estética erotisada por la embriaguez. Allí estaba, desprotegido, pavorosamente expuesto en su dulce letargo infantil, ese cuerpo amado, esa carne inalcanzable tantas veces esfumándose en la vigilia de su arrebato amoroso. Ahí lo tenía, al alcance de la mano para su entera contemplación, para recorrerle centímetro a centímetro con sus ojos de vieja oruga reptando sedosa por el nervio aceituno del cuello plegado como una cinta”.

Celia en la revolución, de Elena Fortún

Son muchas las novelas sobre la Guerra Civil que se concibieron durante el exilio. Sin embargo, son pocos los textos que, fermentados a manos de quienes no quieren o pueden volver, presentan a ambos bandos como indeseables. Si a ello le unimos la visión de una niña que abandona su niñez debido a la guerra y que ve, con la inocencia de la adolescencia, lo cruel que puede ser el mundo (es decir, aquello que la rodea), el resultado es Celia en la revolución (Editorial Renacimiento, 2020).

No es casual que Celia se sienta sola en medio de dos bandos, de dos maneras de ver el mundo que cada vez son más limitantes y autoritarias. La propia autora, Elena Fortún (1886-1952), famosa por su personaje infantil Celia, también experimentó lo que era compartir ideas con todos, pero no encajar plenamente con ninguno. Pensadora de izquierdas, fue creyente y practicante católica, lo cual provocó que ni unos ni otros la considerasen aliada.

No es de extrañar, por tanto, que, aunque escribiera la novela en los años cuarenta, Fortún no quisiese publicar esta obra. La primera edición es de 1987:

“Un miliciano está frente a mí sonriente.

—¿No te llamas Celia?

—Sí…

—Yo soy Jorge Miranda, el hermano de Adela… ¡Vamos, mujer! recuerda…! El año pasado en Santander…

¡Ah…!

Siento que me pongo encarnada, y entonces me avergüenzo aún más.

—Es que… -se me llenan los ojos de lágrimas.

—Bueno, bueno, ¡ánimo! Ya me supongo que te habrán ocurrido cuarenta mil desgracias… Ahora, a todos… ¿Tu padre?

—En la guerra… Ni sé siquiera dónde puede estar en este momento… Mi abuelito fusilado… Tía Julia y Gerardo… fusilados también… Mis nenas en un Albergue… por aquí, no sé dónde. Por ellas he venido”.

La muerte de Iván Ilich, de León Tolstói

Acabamos esta lista por todo lo alto, con León Tolstói (1828-1910) como protagonista. La muerte de Iván Ilich (Lectorum, 2014) es un librillo breve con el que el autor describe magníficamente la agonía del moribundo.

Iván Ilich es un funcionario disciplinado de la Rusia del siglo XIX que, gracias a su trabajo, va poco a poco ascendiendo en la carrera judicial. Como buen miembro de la clase media, contrae matrimonio y tiene hijos, aunque su unión conyugal resulta no ser tan agradable como él pensaba. No obstante, llega un momento en la vida de Iván Ilich en el que todo parece ir bien: el trabajo, la vida marital, los amigos… Y es entonces cuando comienza a sentir los breves pero dolorosos aleteos de la enfermedad. Al comienzo, el propio enfermo quitará importancia a los dolores y seguirá las recomendaciones del médico. Sin embargo, paulatinamente el dolor se hará más presente y el enfermo tomará conciencia de lo que le ocurre: aunque nadie lo perciba y todos lo nieguen, la muerte se aproxima.

Con esta obra, que Tolstói escribió en una etapa de crisis y espiritualidad, comprendemos y compadecemos a un Iván Ilich que, sobre todo, está y se siente solo, ya que casi nadie, incluyendo a su mujer y a sus amigos, entienden lo que es que la vida se acabe y preguntarse, una y otra vez, si se ha vivido como se debía:

“Iván Ilích veía que se estaba muriendo y se hallaba en un continuo estado de desesperación. En el fondo de su alma sabía que se estaba muriendo, pero no sólo no se acostumbraba a ello; simplemente, no podía entenderlo… No puede ser que la vida sea tan sin sentido, tan asquerosa. Si es cierto que la vida es tan asquerosa y tan sin sentido, entonces, ¿para qué morir y morir sufriendo? No; aquí falta algo. -A lo mejor no he vivido como debía-, se decía, e inmediatamente apartaba de sí esa única solución del misterio de la vida y de la muerte como algo absolutamente imposible… Buscó en su interior el acostumbrado miedo a la muerte y no lo encontró”.

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1 Comment
  • Eduardo García Oliva
    Posted at 14:40h, 29 diciembre Responder

    Me ha encantado Rebeca, muchísimas gracias por todas las recomendaciones. Deseando de ver el siguiente post. Felices fiestas y buen año 2024.

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