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Lope de Vega y Marta de Nevares: el último y definitivo amor

La biografía de Lope de Vega está plagada de emociones y pesadumbres, vehemencia y lamentos, efusividad y capacidad constante de trabajo. Durante la etapa final de su vida, tras la muerte de su segunda mujer -Juana de Guardo- y de su hijo favorito -Carlos Félix-, el dramaturgo se sumió en una honda crisis existencial que culminó con su ordenación sacerdotal. Pero entonces, cuando parecía que sus días debían dedicarse a la oración y la observación, apareció un nuevo amor en la vida del dramaturgo. Así comenzaba la tortuosa y escandalosa historia de Lope de Vega y Marta de Nevares.

Crisis existencial de 1613

Muerte de Juana de Guardo y Carlos Félix

Arrastraba una vida marcada por escándalos, raptos, expulsiones del reino, éxitos literarios, cuantías económicas y, sobre todo, pasiones desbordadas. Era 1614 y Lope de Vega (1562-1635) tenía 51 años, ya que cumplía años a finales de noviembre. Había contraído matrimonio dos veces, aunque sus relaciones con otras mujeres (Elena Osorio, Antonia Trillo de Armenta, Micaela de Luján, Lucía de Salcedo…) eran comentadas y circulaban, como un chiste o un susurro, entre los habitantes de la España del siglo XVII. El año anterior, en 1613, el destino le había asestado varios golpes: su hijo predilecto, Carlos Félix, y su mujer, Juana de Guardo, fallecían.

Quizás pensando que Dios le castigaba por sus antiguos excesos y desenfrenos (eso mismo opinaría el propio poeta años después), Lope de Vega se ordenó sacerdote en 1614. Comenzó entonces a escribir poesía de naturaleza religiosa, a dar salida a sus remordimientos e intentar, de algún modo, encontrar sentido a la pérdida de su pequeño hijo y de su compañera.

Amenazas literarias

Frente a las vicisitudes y contratiempos, Lope de Vega, como tantas personas antes y después que él, encontró consuelo en la literatura. La vida de Lope es incomprensible sin tener presente su obra y, de hecho, el dramaturgo entrelazaría vida y obra de manera constante. Gracias a Lope conocemos muchos de los acontecimientos que marcaron su vida y, por supuesto, sus relaciones amorosas.

Sin embargo, en 1614 el plano literario, aquella tabla que le había servido de salvavidas ante innumerables naufragios anteriores, también se tambaleaba. El podio sobre el que durante años se había izado, aquel que había conquistado hacía tiempo y que las masas le habían otorgado gratamente y sin apenas oposición, parecía querer dar espacio a otros.

Miguel de Cervantes y su Don Quijote de la Mancha

La publicación de Don Quijote de la Mancha(1605) había dado fama a Cervantes, quien había sembrado los campos de la prosa, un terreno poco explorado para Lope, y ahora el exsoldado recogía sus frutos. El éxito de Cervantes había molestado a Lope, entre otras porque en su primera parte del Quijote el manco había aprovechado para lanzar un par de piedras contra el teatro de Lope de Vega. Así y todo, Cervantes no suponía, a grandes rasgos, una amenaza para un Lope consolidado que contaba, además, con el apoyo económico del duque de Sessa.

Luis de Góngora y su Polifemo y Galatea y sus Soledades

Fue en ese momento cuando, a partir de 1612, Mendoza hizo circular los versos de Luis de Góngora por la corte. Los ataques del cordobés contra Lope habían sido constantes desde la juventud, pero el poeta andaluz, pese a su destreza e inteligencia, no había publicado obra alguna. Ese era, precisamente, el consuelo de Lope de Vega: el hombre que más sombra le podía hacer, no se sabe si por miedo o por perfeccionismo, hacía circular poemas manuscritos que, tarde o temprano, se perdían y olvidaban. Estos versos provocaban risas a expensas de un Lope que, pese a ello, tenía el apoyo del público y una seguridad económica de la que sus oponentes carecían (Góngora incluido). El cordobés, como muchos otros, sería sepultado bajo los vestigios del tiempo, y Lope se consagraría como el gran poeta y dramaturgo de su tiempo.

Sin embargo, una vez liberado de sus obligaciones religiosas, Góngora escribió como nunca, y dio forma a su Polifemo y Galatea y dos de sus Soledades (esta última sin terminar). La polémica, en la que se vio envuelto Lope de Vega, fue de una enorme trascendencia. Pero, más allá de lo que fue la polémica gongorina, personalmente me interesa lo que supuso para Lope, un hombre cuyo ingenio y capacidad de trabajo eran impresionantes.

Tras toda una vida dedicada al esfuerzo, Cervantes -por un lado- y Góngora -por otro- parecían cosechar éxito y poner en peligro aquello que todo creador de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII ansiaba: la vida en la posteridad, la inmortalidad a través de la obra, la entrada en el selecto grupo de los mejores escritores de todos los tiempos.

Calderón de la Barca

Si Cervantes ganaba terreno en la prosa y Luis de Góngora en la poesía, durante sus últimos años (Lope fallecería en 1635), el Fénix vería tambalearse el género que controló, adoró y dominó durante toda su vida: el teatro. En la década de 1630 un joven Calderón ganaría fama y conseguiría, para sorpresa de Lope, aquello que este nunca logró: el favor y la protección real.

Pero, antes de que ello ocurriera, en 1616 los antilopistas recibirían, de la mano del mismo poeta, el arma que necesitaban para atacarlo, desprestigiarlo y humillarlo: la relación entre Lope de Vega y Marta de Nevares.

Marta de Nevares y Lope de Vega, el encuentro que lo cambió todo

Además de un destacado dramaturgo y un excepcional poeta, Lope de Vega era conocido (no sabría decir si contra su voluntad, pues él mismo difunde la información en sus versos) por sus escándalos amorosos. Su conflicto con la familia Velázquez o sus relaciones con Micaela de Luján habían circulado por lo ancho y largo del reino, una información que sus enemigos declarados (que no solo eran Cervantes o Góngora, sino muchos más) no dejaban pasar. Pero nada se parecería a lo que estaba por llegar.

En 1616 Lope de Vega entró en contacto, en palabras del crítico literario Alborg, con “la más arrebatadora pasión” que jamás hubiera experimentado. Sucedió en un encuentro literario que la causante de dicha pasión, Marta de Nevares Santoyo, de 25 años, había organizado. La joven, si creemos a Lope, concentraba en su persona todos los atributos y actitudes propias de los ángeles: era bella y refinada, culta y amable, amante de la literatura y las letras, y, para colmo, sabía tocar el piano. En una obra que escribiría años después, La viuda valenciana, Lope de Vega describe a Marta en el personaje de Marcia Leonarda:

(…) ojos verdes, cejas y pestañas negras, y en cantidad, cabellos rizos y copiosos, boca que pone en cuidado los que la miran cuando se ríe, manos blancas, gentileza de cuerpo y libertad de conciencia en materia de sujeción.

Si bien es cierto que las relaciones amorosas del dramaturgo llamaban la atención por la pasión y vehemencia depositadas en ellas (el escándalo o pollo que montó Lope con Elena Osorio todavía resuena en nuestros días), parece que la atracción que sintió por Marta de Nevares superó a todas las anteriores. Así lo confesaba el propio Lope a su más íntimo confidente, el duque de Sessa, por carta:

Yo estoy perdido, si en mi vida lo estuve, por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento mío, porque no sé cómo ha de ser ni durar esto, ni vivir sin gozarlo.

Esta relación, por la que Lope estaba “perdido”, presentaba dos problemas: el primero es evidente, ya que Lope de Vega era sacerdote (y no era el Arcipreste de Hita, lo cual, en principio, era problemático); el segundo, de menos importancia, es que Marta de Nevares estaba casada con “un fiero Herodes”, en palabras de Lope. El Herodes en cuestión se llamaba Roque Hernández y, según el dramaturgo (es importante destacar que solo contamos con la versión nada objetiva de Lope), el matrimonio se había celebrado cuando Marta contaba solo con 13 años y contra la voluntad de la prácticamente niña.

Triángulo amoroso y descripción literaria de Roque Hernández

Si tenemos en cuenta lo que sucedió en agosto de 1617, cuando Marta dio a luz a una hija (Antonia Clara) que muchos críticos creen hija de Lope, el poeta y la joven debieron convertirse en uña y carne a partir de su primer encuentro. Pedraza Jiménez y Rodríguez Cáceres (1981) describen esta relación como “turbulenta y arrebatada”, aunque recuerdan que así “acostumbraban a ser todas las de nuestro poeta”.

En cualquier caso, Lope de Vega no manifestó simpatía por el marido de Marta, a quien describe en La vega del parnaso, obra publicada póstumamente en 1637, del siguiente modo:

[El esposo] rudo y indigno de su mano hermosa,

a pocos días mereció su mano,

no el alma, que negó la fe de esposa,

en cuyo altar le confesó tirano;

aquella noche infausta y temerosa,

con tierno llanto resistida en vano (…)

¿Qué desdicha fatal de las esposas

es esa de tener tales empleos?

(Poema recogido en la obra de Pedraza Jiménez, Lope de Vega: Pasiones, obra y fortuna del» monstruo de naturaleza).

Dado que Lope tendía a utilizar su vida como motivo literario (mezclando, de ese modo, ficción y realidad), y dado que la inquina que le tenía al marido necesitaba de muchos versos y poemas, también se desahogó con su amigo, el duque de Sessa, o en el prólogo de La viuda valenciana, que dedica a Marcia Leonarda (Marta de Nevares), una vez fallecido el marido:

Él tenía estas gracias, y por añadidura el más grosero entendimiento que ha tenido celoso después que se usa estorbar mucho y regalar poco. Suelen decir por encarecimiento de desdichados: «Fulano tiene mala sombra». No la tuvo mujer tan mala desde que hay sol; y siéndolo vuesa merced de hermosura, se espantaban muchos de verla con tan mala sombra.

Tras el nacimiento de Antonia Clara, al que seguiría un hijo que nació muerto en 1618, Roque Hernández debió de comprender, o intuir, lo que estaba sucediendo. Fue entonces cuando Marta de Nevares inició los trámites de la separación para conseguir, finalmente, la declaración de nulidad del matrimonio.

En este momento tanto los habitantes de la villa de Madrid, donde sucedían los hechos, como los literatos y seguidores de Lope conocen la historia y la difunden con cautela o sorna, dependiendo del grado de admiración o simpatía que despertara el dramaturgo. El mismísimo Luis de Góngora, enemigo declarado del Fénix -pero más enemigo que nunca tras la polémica gongorina-, le hará llegar este poema:

Dicho me han por una carta

que es tu cómica persona

sobre los manteles mona

y entre las sábanas marta.

Agudeza tiene harta

lo que me advierten después:

que tu nombre del revés,

siendo Lope de la haz,

en haz del mundo y en paz,

pelo de esta marta es.

La historia tampoco pasaría inadvertida para otro enemigo declarado de Lope, Ruiz de Alarcón, quien en Los pechos privilegiados incluiría estos versos:

Culpa a un viejo avellanado
tan verde que, al mismo tiempo
que está aforrado de martas,
anda haciendo magdalenos.

Como era de esperar, y más en esos tiempos, el exmarido (o, al ser declarado nulo el matrimonio, no-marido) se enfadó y planeó un atentado contra Lope. Sin embargo, y dado que la vida en ocasiones abre puertas y caminos agrios para unos y dulces para otros, Roque Hernández falleció en 1619, un suceso que fue celebrado por Lope en La viuda valenciana:

¡Bien haya la muerte! No sé quién está mal con ella, pues lo que no pudiera remediar física humana, acabó ella en cinco días con una purga sin tiempo, dos sangrías anticipadas, y tener el médico más afición a su libertad de vuesa merced que a la vida de su marido. Puedo asegurarle que se vengó de todos con sola la duda en que nos tenía si se había de morir o quedarse; tanto era el deseo de que se fuese; no porque él faltase, pues siempre faltó, sino porque habiendo imaginado que nos dejaba, fuera desesperación el volver a verle.

Muerte de Marta de Nevares

Tras la muerte del marido, Marta de Nevares y Lope de Vega vivieron su amor. Algunos creen que Marta se mudó a la casa del poeta (vivienda que hoy alberga la casa museo de Lope de Vega), mientras que otros consideran que permaneció en la casa de su madre. En cualquier caso, es evidente que el poeta le dedicaría poemas y obras. De hecho, Marta de Nevares animó a Lope a cultivar la novela italiana, algo que el poeta culminaría con la escritura de La Filomena (1621) y La Circe (1624).

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Lope de Vega y Marta de Nevares

Pero la desgracia estaba cerca. Quizás hambrienta tras tantos meses de júbilo y celebración, a partir de 1621 Marta de Nevares comenzó, poco a poco, a perder visión. En 1627 se quedó completamente ciega, a cuya desgracia se sumaron los ataques de locura que afectaron a Marta a partir de 1628. En su égloga a Amarilis (1633), el poeta madrileño describiría el dolor ante la enfermedad:

Cuando yo vi mis luces eclipsarse,
cuando yo vi mi sol escurecerse,
mis verdes esmeraldas enlutarse
y mis puras estrellas esconderse,
no puede mi desdicha ponderarse
ni mi grave dolor encarecerse,
ni puede aquí sin lágrimas decirse
cómo se fue mi sol al despedirse.

El 7 de abril de 1632 murió Marta de Nevares con poco más de 40 años. Según sostiene Ruiz Fernández en su biografía de Marta, Alonso Pérez, el editor y amigo de Lope de Vega, costeó los gastos del funeral para evitar “habladurías y maledicencias”. Si Marta había servido de inspiración a Lope en vida, ello no cambiaría con su muerte.

Poemas a Marta de Nevares

Como suele ocurrir con las desgracias, la muerte de Marta de Nevares no vino sola. En los últimos años de Lope se acumularían las malas noticias, los escándalos, lo que para él eran los castigos por la vida pecaminosa que había llevado. Sus hijos comenzaron a abandonarlo poco a poco: Feliciana contrajo matrimonio y partió hacia su nuevo hogar; Lope Félix murió en el Nuevo Mundo; y Antonia Clara, aquella hija que supuestamente había nacido del affaire entre Lope de Vega y Marta de Nevares, se escaparía con un protegido de Olivares. El poeta pasaría los últimos meses de su vida a solas, haciendo un repaso a su vida y rebuscando entre sus recuerdos los momentos previos a la caída.

La Dorotea (1632)

Antes de su muerte (acaecida en 1635), el poeta escribió algunos poemas elegíacos dedicados a Marta, aunque también recordaría a otras mujeres a las que había amado (como ocurrió con Elena Osorio, su primer amor).

En La Dorotea (1632), publicada el mismo año en el que murió Marta, Lope mostrará, en palabras de Menéndez Peláez et al., “los mejores romances de su madurez”. En esta obra se encuentran una serie de composiciones o endechas que el dramaturgo dedicaría a Marta de Nevares, como el poema de Lope de Vega de “A mis soledades voy”:

Mirando estoy los sepulcros,
cuyos mármoles eternos
están diciendo sin lengua
que no lo fueron sus dueños.
¡Oh, bien haya quien los hizo!
Porque solamente en ellos
de los poderosos grandes
se vengaron los pequeños.

Otro poema dedicado a la pérdida de Marta es el de “Pobre barquilla mía”, que culmina con estos versos:

Mas ¡ay, que no me escuchas!

Pero la vida es corta:

viviendo, todo falta;

muriendo, todo sobra.

Égloga a Amarilis (1633)

En 1633, el poeta publicó su égloga Amarilis, un extensísimo poema donde recordaba a Marta de Nevares y daba cuenta del duelo que estaba atravesando:

No quedó sin llorar pájaro en nido,

pez en el agua, ni en el monte fiera,

flor que a su pie debiese haber nacido

cuando fue de sus prados primavera;

lloró cuanto es amor, hasta el olvido

a amar volvió porque llorar pudiera,

y es la locura de mi amor tan fuerte,

que pienso que lloró también la muerte.

Rimas a Tomé de Burguillos (1634)

En 1634 Lope de Vega publicó la que muchos consideran su mejor obra, las Rimas humanas y divinas al licenciado Tomé de Burguillos(1634). Al igual que ocurría con La Dorotea, numerosos poemas de esta obra están dedicados al recuerdo de Marta de Nevares. Así ocurre, por ejemplo, con este soneto:

Resuelta en polvo ya, mas siempre hermosa

sin dejarme vivir, vive serena

aquella luz, que fue mi gloria y pena

y me hace guerra cuando en paz reposa.

Tan vivo está el jazmín, la pura rosa,

que, blandamente ardiendo en azucena,

me abrasa el alma de memorias llena,

ceniza de su fénix amorosa.

¡Oh memoria cruel de mis enojos!

¿Qué honor te puede dar mi sentimiento,

en polvo convertidos tus despojos?

Permíteme callar sólo un momento:

pues ya no tienen lágrimas mis ojos,

ni conceptos de amor mi pensamiento.

En 1635 fallecía el Fénix de los ingenios con 72 años. El duque de Sessa se encargó de costear los gastos del entierro. De ese modo, Lope de Vega y Marta de Nevares se unirían: el poeta se igualaría, por fin, a su amada; en paz reposaría quien se encontraba en guerra; en polvo se convertiría quien recordaba el polvo de la hermosa Marta.

Bibliografía

  • Alborg, J. L. (1983). Historia de la literatura española II, epoca barroca. Madrid: Gredos.
  • Mateo Puig, Aurora (2014). “El poema como comunicación de los ausentes”. In El mundo de los difuntos: culto, cofradías y tradiciones (pp. 349-362). Ediciones Escurialenses.
  • Menéndez Peláez et al. (2005). Historia de la literatura española. Renacimiento y Barroco. Editorial Everest.
  • Pedraza Jiménez, F. B. (2009). Lope de Vega: Pasiones, obra y fortuna del “monstruo de naturaleza”. Edaf.
  • Pedraza Jiménez, F. B. (2018). “Lope de Vega: de la vida a los versos y viceversa”. Conferencia impartida en la Fundación Juan March.
  • Pedraza Jiménez, F. B.; Rodríguez Cáceres, M. R. (1981). Manual de literatura española: introducción, prosa y poesía. Barroco. III (Vol. 3). Cénlit.
  • Ruiz Fernández, M. J. (s.f.). “Biografía de Marta de Nevares Santoyo”. Real Academia de Historia. Disponible en: https://dbe.rah.es/biografias/6963/marta-de-nevares-santoyo

Obras de Lope de Vega en el Cervantes Virtual:

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