El lenguaje de las flores

La rosa en Lorca: Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores

Es bien sabido que Federico García Lorca (1898-1936) era un gran lector de la literatura clásica española. No solo recuperó formas tradicionales (con especial predilección por el romance) y aunó, de nuevo, prosa y verso en su teatro (atacando duramente al teatro modernista, cuyos versos consideraba vacíos y carentes de sentido). Su lirismo está cargado de constantes guiños a la literatura medieval y los símbolos que aparecen en ella, con especial predilección por ciertos elementos. Entre ellos, la rosa en Lorca cobra numerosos significados, con especial importancia en su drama Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores.

Qué es un símbolo

En El amor y su expresión poética en la literatura medieval, Juan Victorio define símbolo como “mención de un objeto queriendo aludir a un concepto”. Normalmente los símbolos, especialmente en la poesía, se refieren a elementos de la naturaleza que, en realidad, esconden una realidad paralela, usualmente de origen psicológico. Por lo tanto, un símbolo no es una metáfora (A es como B), pues la realidad a la que se refiere el autor o autora no se nos muestra en el texto, es decir, en el plano del significante.

Antonio Arango, por su parte, se refiere a un símbolo como la representación de “una expresión lingüística que refleja un pensamiento determinado por estructuras reales”. Por lo tanto, un símbolo esconde un pensamiento, el cual ha sido originado por “estructuras reales”, es decir, por la realidad.

En su célebre obra Diccionario de los símbolos, Cirlot recuerda que los símbolos siempre entierran una verdad, además de mutar con el tiempo y las sociedades que en él se van sucediendo.

Con respecto al poeta de la Generación del 27, la crítica suele destacar la importancia que confiere Lorca a algunos símbolos corrientes en la literatura medieval: los olivos, las frutas, las guirnaldas, los animales, la luna y, por supuesto, las flores. En ocasiones estos símbolos transmiten el significado usualmente aceptado (el agua como deseo, el ciervo que representa al amante…). Sin embargo, en otras el dramaturgo dota a estos símbolos de nuevos significados, algo que, por otro lado, responde a un comportamiento usual entre quienes cultivan la poesía. Y esto fue lo que precisamente hizo con la rosa Lorca.

Lírica tradicional y simbología

La lírica tradicional era sumamente propensa a la utilización de símbolos, con especial relevancia de los motivos animales y vegetales. Además de ser una literatura compacta y para nada fácil de entender (a diferencia de lo que muchas personas creen, que erróneamente extrapolan lo popular y lo sencillo), gran parte de las composiciones medievales que han llegado hasta nuestros días se asemejan en su contenido. Así, tanto las jarchas como los villancicos o las cantigas de amigo describen el encuentro amoroso entre dos jóvenes enamorados, hombre y mujer, ya sea cuando dicho encuentro está teniendo lugar o cuando, por el contrario, ya ha sucedido. Así, siguiendo a Victorio, el amor de la lírica medieval es un amor físico, a diferencia del amor que las composiciones amorosas posteriores describirán (especialmente tras la irrupción del amor cortés).

Como consecuencia, los paisajes en los que se desarrolla la acción están plagados de significado. Por ejemplo, la presencia del agua, mar o río, o de ciertos animales, como el ciervo o los caballos, dan cuenta de un encuentro amoroso entre dos amantes jóvenes. De este modo, la cantidad de símbolos a los que recurre el autor da cuenta de aquello que los protagonistas callan: si alguno de los amantes está casado; si la madre es conocedora del encuentro amoroso o, por el contrario, se opone; si la joven es virgen o ha perdido la virginidad con su amante…

Aunque estos símbolos forman parte del mundo literaria, en la literatura medieval, debido a su “aparente simpleza” y brevedad, cobran una importancia crucial a la hora de comprender las quejas o lamentos del yo poético.

Las rosas como símbolo de juventud

Como he mencionado anteriormente, los motivos animales y vegetales están recubiertos de simbología. De todos ellos, quizás los más conocidos sean aquellos que tienen que ver con el agua y, por supuesto, las flores, especialmente las rosas. Siguiendo a Antonio Arango, “la rosa se considera símbolo del amor y más aún del don del amor, del amor puro”. Para Cirlot, la presencia de una rosa puede esconder varios significados:

La rosa única es, esencialmente, un símbolo de finalidad, de logro absoluto y de perfección. Por esto puede tener todas las identificaciones, que coinciden con dicho significado, como centro místico, corazón, jardín de Eros, paraíso de Dante, mujer amada y emblema de Venus.

Cirlot

Este estudioso destaca, además, la diferencia existente entre distintos tipos de rosa: blanca, roja, azul o incluso dorada. Así, el significado varía dependiendo de la rosa en cuestión a la que se refiere el yo.

En la literatura popular castellana, las rosas suelen ser un símbolo de juventud, pues, al igual que estas, su belleza y plenitud se marchita rápidamente. Aunque en ocasiones los poetas comparan a sus enamoradas con rosas (mujer = rosa), en la literatura popular hace referencia tanto a hombres como a mujeres. Por ello, es corriente encontrar rosas en composiciones en las que en realidad se está aludiendo a un suceso pasado o, por el contrario, se llama al gozo y al disfrute mediante el tópico latino carpe diem.

Federico García Lorca y Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores

Como consecuencia, las rosas suelen transmitir juventud, llamar al deleite o describir a la amada, centro de perfección. Dado que Federico García Lorca conocía esta tradición y, de hecho, recuperó numerosos símbolos propios de la literatura popular, es lógico pensar que cuando el poeta alude a una rosa, ya sea en su poesía o en su teatro, en realidad esta rosa para Lorca posee un significado oculto.

Aunque la rosa está presente en numerosas obras del granadino (en Yerma se asocia a la fecundidad, en su Romancero gitano la idea de muerte y sangre), en Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores lo convierte en el motivo mismo de su obra.

La rosa en Lorca

Pese a que esta obra no es tan conocida como otros de sus dramas rurales (Yerma, Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba), Doña Rosita la soltera fue escrita prácticamente en la misma época que estas, entre 1933 y 1935, cuando Lorca estaba cosechando un enorme éxito en su teatro y vislumbraba, por fin, el fruto de tantos años de trabajo.

Concepción de Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores

Los años 30 fueron especialmente caóticos para todos los miembros de la Generación del 27. En España la tensión aumentaba y prácticamente todos los artistas o intelectuales iban tomando posiciones y situándose a un lado u otro de lo que más tarde sería, por desgracia, la Guerra Civil Española.

Antes de que el conflicto estallase en julio de 1936, Lorca se encontraba en su plenitud laboral. Tras años de lecturas, en los cuales su familia había intentado, por activa y por pasiva, que el granadino abandonase la literatura e invirtiese su tiempo “en un verdadero trabajo”, Federico García Lorca por fin obtenía un gran reconocimiento cultural, especialmente en su faceta como dramaturgo (en 1928 había obtenido el éxito poético con su Romancero gitano). Sin embargo, este triunfo literario no alejó otras tristezas y pérdidas de la vida del poeta. En estas fechas falleció el amigo del poeta, Ignacio Sánchez Mejías, a quien Lorca dedicó la obra que para muchos representa el culmen de su poesía: Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías.

Pero su amigo y confidente no solo estaría presente en este poemario. En Doña Rosita la soltera también se acordaría de él, al igual que en sus personajes estarían presentes otros símbolos y acontecimientos importantes de la vida del creador. Y es que en el granadino parecían intercalarse las obsesiones por la vida y por la muerte, por lo individual y lo colectivo. Así, mientras que en su célebre Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías leíamos: “Yo canto su elegancia con palabras que gimen / y recuerdo una brisa triste por los olivos”, en Doña Rosita la soltera el balcón se abrirá y el viento, otro símbolo lorquiano asociado a la vitalidad y la espiritualidad, irrumpirá en la escena:

De pronto se abre un balcón del fondo y las blancas cortinas oscilan con el viento.

Además de la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, otros sucesos intervinieron en la creación de este drama. Así, con respecto a la idea que motivó a Lorca para escribir Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, el propio poeta lo confesaría poco después: 

Mi última comedia, Doña Rosita o el lenguaje de las flores, la concebí en el año 1924. Mi amigo Moreno Villa me dijo: “Te voy a contar la historia bonita de la vida de una flor: La rosa mutabile, de un libro de rosas del siglo XVIII”. Venga. “Había una vez una rosa…”. Y cuando acabó el cuento maravilloso de la rosa, yo tenía hecha mi comedia. Se me apareció terminada, única, imposible de reformar (…) Han sido los años que han bordado las escenas y han puestos versos a la historia de la flor[1].

Federico García Lorca
Rosa y Lorca

Así, la idea siempre estuvo en la cabeza del poeta, sembrada y esperando los acontecimientos idóneos para germinar en secreto. Habría de suceder, como siempre ocurre, un hecho trascendental para el creador, un cambio de rumbo motivado por un elemento externo para que Lorca diese vida, por fin, a uno de sus personajes femeninos más encantadores, interesantes y, por desgracia, olvidados de su teatro: Doña Rosita.

Doña Rosita, la rosa y la soltería

Sin entrar en exceso en la obra de Lorca, el propio título del drama revela gran parte de la trama: doña Rosita es una joven que, tras prometerse amor eterno con su primo, debe aceptar que este marche para América a trabajar con su padre. Durante largos años, cuyo tránsito se elude en el salto entre actos, Rosita va perdiendo su juventud y esperando, de manera incansable, el regreso de un primo que ya tiene otra vida lejos, ajeno a Rosita y a las promesas de juventud que ambos se dedicaron.

Al tiempo que la trama entre Rosita y su primo se sucede, el tío de Rosita, botánico de profesión, espera incansable el gran acontecimiento de su trabajo: la rosa mutabile, una rosa que se abre y machita en el mismo día, está a punto de mostrar su belleza al mundo:

Los botánicos la llaman rosa mutabile, que quiere decir: mudable; que cambia… En este libro está su descripción y su pintura, ¡mira! (Abre el libro.) Es roja por la mañana, a la tarde se pone blanca, y se deshoja por la noche.

La obra, que se desarrolla en tres tiempos que se corresponden con los tres actos (1885, 1900 y 1911) transmiten de un modo mudo y parasitario el terrible paso del tiempo y sus consecuencias: los cambios en la moda de los personajes, la muerte y desaparición de los personajes y, sobre todo,  la pérdida de la juventud de Rosita, quien comprende demasiado tarde que, por esperar, ha desperdiciado su juventud y se ha convertido en aquello de lo que la mayoría de las mujeres de su época huyen: una solterona.

Sin embargo, y a pesar de que el paso del tiempo era una obsesión para el granadino, en este caso el tempus fugit trae consigo nuevos tiempos y, sobre todo, nuevas mujeres que se imponen a las etiquetas mohosas que arrastraban sus antecesoras. La soltería de la mujer provinciana, una condición de la que otras protagonistas de la obra intentan escapar a toda costa, se convertirá en Rosita en la nueva condición de la mujer independiente, que, aunque traicionada, se levanta y se desplaza hacia delante airosa, pues su vida entera no depende del matrimonio:

Ya sé que se está usted acordando de su hermana la solterona… solterona como yo. Era agria y odiaba a los niños y a toda la que se ponía un traje nuevo… pero yo no seré así.

(…)

TÍA. Te has aferrado a tu idea sin ver la realidad y sin tener caridad de tu porvenir.

ROSITA. Soy como soy. Y no me puedo cambiar. Ahora lo único que me queda es mi dignidad. Lo que tengo por dentro lo guardo para mí sola.

Y es que Rosita seguirá siendo una rosa hasta el final. Arrastrará con ella, durante toda su vida, no la juventud, sino todas las cualidades que la poca edad implica: la alegría, la dulzura, las ganas de vivir. No buscará desesperada un hombre para contraer matrimonio y dejar atrás la soltería (“ya perdí la esperanza de hacerlo con quien quise”, confesará a su tía), sino que, por el contrario, vivirá sola y tranquila, esperando la vejez, disfrutando de los días, muriendo en paz. Porque Rosita quizás no vuelva a ser una rosa roja o blanca, pero será una rosa; deshojada, pero rosa al fin y al cabo.

Bibliografía de la rosa en Lorca

ANTONIO ARANGO, M.. (1995). Símbolo y simbología en la obra de Federico García Lorca (Vol. 27). Editorial Fundamentos.

ASYZK, U. (1996). Los modelos del teatro en la teoría dramática de Unamuno, Valle-Inclán y García Lorca. AIH: Actas IX del Congreso de la Uniwesytet Warzawski: 133- 142. Disponible en Cervantes Virtual: https://cvc.cervantes.es/Literatura/aih/pdf/09/aih_09_2_015.pdf [Último acceso: 18/02/2021].

CIRLOT, J. E. (2004). Diccionario de símbolos. Madrid: Siruela.

DEVOTO, D. (1967). “Doña Rosita la soltera”: estructura y fuentes. La rosa en Lorca, Bulletin hispanique, 69(3): 407-420.

DOMÉNECH, R. (2008) García Lorca y la tragedia española (Vol. 153). Madrid: Editorial fundamentos.

GREENFIELD, Sumner (1986). “Doña Rosita la soltera y la poetización del tiempo”. Cuadernos Hispanoamericanos, 433: 311-318.

GIBSON, Ian (2020). Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca. Barcelona: Editorial Debolsillo. Edición digital.

ROMERA CASTILLO, José (2013). Teatro español. Siglos XVIII-XXI. Madrid: Editorial UNED.

VICTORIO, J. (2001). El amor y su expresión poética en la lírica tradicional. Ediciones de la Discreta.


[1] Para saber más sobre la rosa en Lorca, consultar DEVOTO, D. (1967). “Doña Rosita la soltera”: estructura y fuentes. Bulletin hispanique, 69(3): 407-420.

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