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La cultura y lengua árabe y su condena al olvido en España

En el año 711 d.C. un nuevo pueblo irrumpía en la Península Ibérica. Aunque, en principio, los árabes entraron en nuestro país para combatir contra las tropas del rey Rodrigo, último rey godo, acabaron por instalarse en las tierras peninsulares y convivieron con sus habitantes hasta 1492, año en el que los Reyes Católicos impusieron su modelo sociopolítico y terminaron con siglos de convivencia de las tres religiones. Pero el abandono no fue solo físico, ya que otras influencias que los árabes habían dejado en la Penínsua, como la cultura y la lengua árabe en España, fueron condenadas al olvido y al negacionismo durante casi tres siglos.

La irrupción de los árabes y sus costumbres

En el año 710 d.C. el rey godo Witiza fallecía en Toledo. Al igual que ocurriría con otros reyes posteriores, como Alfonso X en Castilla o Jaime I en Aragón y Cataluña, la sucesión al trono provocó graves conflictos sucesorios y la eclosión de dos bandos enfrentados: por un lado, el duque de Bética y posiblemente hijo de Teodofredo, don Rodrigo; por otro, los familiares del antiguo Witiza.

El verdadero motivo por el cual los árabes fueron llamados sigue siendo motivo de debate entre los historiadores. En cualquier caso, las tropas de Tariq ibn Ziyad entraron en la Península sin mucha resistencia y tras años de premeditación, esperando la ocasión de ser convocados, estudiando de antemano la debilidad de un enemigo que permanecía ajeno al peligro exterior. Y así parece que ocurrió durante el conflicto dinástico entre los godos, cuando las tropas árabes vencieron a las de don Rodrigo, que se encontraba en el Norte de la Península sofocando las revueltas y a quien, por cierto, sus hombres de confianza acabaron por abandonar. Así, tras una batalla inicial que, según parece, se asemejaba más a una guerra de trincheras propia del siglo XX que a un enfrentamiento bélico medieval, se decidió el futuro de dos países europeos, como una moneda arrojada al aire cuyo resultado impondría un cambio radical para sus habitantes, un nuevo giro para su historia.

Sin que algunos todavía así lo declarasen, se izaba un nuevo periodo en el territorio. Los árabes permanecerían en la Península durante casi 800 años, dando lugar a una cultura nada desdeñable desde un punto de vista económico, social y cultural, y dejando, como legado, numerosos monumentos y una participación que, aunque minúscula, estaba presente en la forja de una lengua que negaría y condenaría a la cultura árabe al olvido[1]. Quizás por ello Rafael Lapesa (1981) escribió: “Frente a la España cristiana y romano-germánica se alza el Islam, que será su rival y a la vez su estímulo y su complemento”[2].

El contacto de las lenguas y la constitución de los pueblos

Cuando los árabes entraron por primera vez en la Península, un terreno poblado de una fauna y flora inigualables que nuestros sabios reyes y nobles se encargaron de deforestar, se toparon con un pueblo que hablaba varias lenguas. Por un lado, tras siglos de influencia romana, el latín había comenzado a resquebrajarse en los antiguos territorios romanos. En nuestro país, el latín culto se utilizaba para ciertos documentos oficiales; el latín vulgar era hablado, mayoritariamente, por cristianos; el hebreo, por su parte, era la lengua que utilizaba la comunidad judía. En algunas zonas que los árabes nunca pudieron dominar del todo, como el Norte de la Península, se utilizaba una lengua histórica que había sobrevivido a la conquista y centralización de los romanos, y que demostraría su resistencia en numerosas ocasiones posteriores: el euskera o vasco.

Pergamino en lengua árabe en España

Desde el 711 d.C. a estas lenguas se unió el árabe que, como el latín, contaba con dos variedades: el árabe culto y el árabe vulgar, hablado por el pueblo. En la práctica, ello dio origen a una situación de bilingüismo en los habitantes de la Península, los cuales comenzaron a controlar ambas lenguas y a utilizarlas para diferentes medios y finalidades. Así, poco a poco, se añadían los ingredientes que acabarían por integrarse y formar un tronco común, engendrar un fruto compartido.

Como recuerda Ladero Quesada en La formación medieval de España (2011), la llegada de los árabes y los siglos que prosiguieron a dicha conquista, con los reinos cristianos lanzando contraofensivas durante 800 años, fue determinante para la configuración de los pueblos de España y Portugal. Y es que “la España en la que vivimos hoy se hizo en aquellos siglos”, tanto en territorio y organización como en aspectos sociales y culturales. A ello habría que añadir la lengua que hablamos en la actualidad, la lengua que hablan más de 500 millones de personas en el mundo y la cual, al igual que los árabes en la Península, parece seguir avanzando y fusionándose con otras lenguas y culturas.

El habla fusionada y la lengua árabe en España

La importancia del árabe en el español y su aporte al léxico ha sido ampliamente estudiados y expuestos por investigadores e investigadoras conocedores de ambas lenguas. Aunque en el siglo XX su estudio marcó numerosas líneas de investigación (entre ellas la de Menéndez Pidal, por citar la más conocida), estos no fueron pioneros en el abordaje de la influencia y transmisión de la una a la otra.

Según avanzaba la campaña y los reinos cristianos reconquistaban, según ellos, aquello de lo que habían sido despojados, el cristianismo fue trasladando al islam como religión oficial. En la práctica, el territorio peninsular era una amalgama de religiones, pueblos y costumbres mucho más rica de la que nos podamos imaginar: cristianos, árabes y judíos poblaban las calles de las principales ciudades, en las que las iglesias, mezquitas y sinagogas lucían y llamaban al rezo a sus respectivas comunidades. Asimismo, los territorios conquistados por unos y por otros estaban ocupados por muladíes, comunidades cristianas de territorios árabes, y mozárabes, comunidades árabes en territorios cristianos. En las fronteras, como relata Menéndez Pidal (1985), la situación era un poco más compleja:

Alrededor de las huestes cristiana y mora, que en la frontera vivían en continuo trato, había una turba de euaciados que hablaban las dos lenguas, gente de mala fama que hacían el oficio de mandaderos y correos entre los dos pueblos y servían es espías y prácticos al ejército que mejor les pagaba; y sin que constituyera una profesión como la de estos, había también muchedumbre de moros latinos o ladinos, que sabían romance, y cristianos algarabiados que sabían árabe.

Menéndez Pidal, Manual de Gramática Histórica

Durante siglos esta heterogeneidad pareció respetarse, al menos en esencia. Aunque es cierto que la convivencia de las tres culturas no fue tan pacífica como se nos ha hecho creer, tampoco podemos obviar que en ningún otro periodo histórico (con excepción de la actualidad) estas tres culturas han convivido de manera tan alargada en el tiempo y en un mismo lugar sin producir serios enfrentamientos.

Como ejemplo, baste recordar la información que Rafael Lapesa recoge en su Historia de la lengua española. Por ejemplo, en los siglos X y XI en León y en Castilla abundan nombres de origen árabe, como Abolmondar o Ziti, así como la utilización de la forma árabe ibn (‘hijo de’) para transmitir el linaje. De igual manera, nos ha llegado el testimonio de Álvaro de Córdoba, un erudito poeta cristiano que, afincado en Córdoba durante el siglo IX, se lamentaba ante el hecho de que los jóvenes de su tiempo renegasen del romance y abrazasen el árabe como lengua oficial. Para él, ello significaría el olvido de una lengua que sus antepasados habían hablado y transmitido durante siglos, un patrimonio cultural que moría sin que a nadie pareciera importarle, sin que nadie pudiera evitarlo. Así son las paradojas de la historia. 

Un pueblo peculiar

Hablar de la población peninsular árabe como si fuera un ente abstracto, unos invasores que durante siglos se adueñaron de tierras que no les pertenecían y que, por ello, fueron expulsados de maneja justa, es tener una concepción histórica sesgada (“conquistadores de lengua árabe” los llamaba Menéndez Pidal). Los árabes entraron en la Península en el 711 d.C. prosiguiendo con la guerra santa de conquista, pero, como recuerda Lapesa, muchos de ellos contrajeron matrimonio con mujeres peninsulares, un modus operandi que imitarían los conquistadores españoles siglos más tarde, cuando qusiieron dar origen al mestizaje de Hispanoamérica.

El influjo de la cultura y el modo de vida árabe en la Península fue inimaginable. Al-Ándalus, y en especial Córdoba, se convirtió en un foco de economía y conocimiento, con médicos, filósofos y poetas de prestigio (Averroes, Avempace, Avicena…). Gracias a la presencia de los árabes se introdujeron en España numerosos instrumentos y prácticas novedosas, con especial importancia de aquellas relacionadas con la agricultura (quizás por ello gran parte de los arabismos están relacionados con el mundo militar o el agropecuario) o los cálculos matemáticos. Los métodos de sanación eran tan conocidos y respetados que el mismísimo Sancho I de León se trasladó a Andalucía para conocer el pronóstico de los médicos árabes.

Pero, tal y como señala Menéndez Pidal, “no solo en la guerra, sino también en la cultura eran superiores los moros a los cristianos”. Los filósofos árabes conocían documentos de pensadores hindúes, árabes e incluso griegos, una cultura que los peninsulares apenas podían imaginar. Manejaban la poesía de un modo asombroso y sus teorías filosóficas, tan olvidadas en la actualidad, no pasaron desapercibidas a los más eruditos y, por supuesto, a Alfonso X El Sabio, quien invitó a Toledo a los grandes pensadores de su tiempo para formar parte de la conocidísima Escuela de Traductores de Toledo.

Borrar la lengua y la cultura árabe

Sin embargo, esta situación de contacto cultural y lingüístico no tardó en resquebrajarse. A medida que los reinos cristianos ganaban poder y comenzaban a enfrentarse los unos a los otros, la intolerancia religiosa fue adueñándose de la mentalidad de numerosos peninsulares. Las costumbres hebreas y árabes fueron condenadas a una práctica escasa y determinada, incluyendo el uso de la lengua. Por ejemplo, aunque tras la conquista de Alfonso VI de Toledo (1085) el árabe se utilizó para ciertos documentos notariales, se sabe que en siglo XIII esta práctica fue prohibida.

Con los años el radicalismo amplió su zona de influencia, especialmente desde la llegada de la Peste Negra a la Península Ibérica a mediados del siglo XIV. Con la irrupción de una terrible enfermedad que se llevó por delante a casi la mitad de la población europea, los cristianos, que no comprendían cómo Dios podía enviar tal castigo a un pueblo tan leal y fiel como el suyo, encontró en la comunidad judía al culpable perfecto. Así, barrios y comercios judíos fueron atacados e incendiados, una deriva fanática que culminaría en la explosión de violencia contra este pueblo a lo largo del siglo XV.

Los seguidores del islam no sufrieron un mejor destino. A pesar de la gran cantidad de historiadores, poetas y eruditos que nos proporcionó la vasta cultura de Al-Ándalus, a lo largo del siglo XIV y XV se prohibieron numerosas costumbres de la población árabe, incluyendo el uso de la lengua en ciertos ámbitos. En líneas generales, no se trataba solo de imponer la cultura cristiana: había que erradicar y extraer, como si de un veneno se tratase, toda influencia árabe o hebrea. Y así fue como comenzó la destrucción del Patrimonio. En 1492 el Cardenal Cisneros llevó a cabo la quema de miles de libros, 5.000 según sus admiradores y 80.000 si aceptamos los testimonios de los detractores. En esta ocasión la hoguera se cebó con las obras escritas en árabe, sin importar si estas habían sido concebidas con fines científicos, astrológicos o narrativos. El fantasma de la Inquisición tomaba forma y su asiento era cada vez más grande en la política nacional.

Santo Domingo y los albigenses (Pedro Berruguete)

Fueran cuantos fueran los libros quemados, 5.000, 80.000 o 100.000, con la destrucción de estas obras tanto Cisneros como sus admiradores no solo cometían un crimen contra el Patrimonio Cultural. Comenzaba de este modo la negación del pasado, el rechazo de los pueblos peninsulares a sí mismos, a su origen. Así parecen constatarlo documentos que nos han llegado o declaraciones como la de Villalobos en 1515, que se llevó las manos a la cabeza ante los toledanos que utilizaban arabismos (recordemos que en estos ya formaban parte de la lengua) porque:

(…) ensucian y ofuscan la podideza y claridad de la lengua castellana[3]

Sin embargo, por muchos libros que se quemasen, la cultura árabe formaba parte del pueblo. Y cuando Cisneros pronunciaba discursos, rezaba a Dios o aconsejaba a la Reina, la reproducía sin darse cuenta, sin ser consciente de ello. Allí, en su voz, en su pensamiento, en sus palabras brotaba la influencia del árabe, ya fuera a través del numeroso léxico (más de 4.000 arabismos según Pidal y Lapesa) o mediante una cultura que, para bien o para mal, había sido influida por el contacto de las tres religiones. Y era este un patrimonio invisible e imperceptible, pero, precisamente por ello, más robusto, compacto y estable. Por mucho que los cristianos más fanáticos se empeñasen, por mucho ahínco que pusiese Villalobos a la hora de declarar que los arabismos “ensuciaban” la lengua, no habría hoguera, por grande que fuese, que pudiera eliminar una herencia de ese calibre, solo explicable por la presencia durante siglos de los árabes en nuestro país, de su convivencia y su trato con los cristianos:  la herencia de la singularidad y la otredad.

Desgraciadamente, el daño sería tan devastador que, durante los siglos venideros, se negaría el pasado común con árabes y judíos. No sería hasta el siglo XVIII cuando la cultura árabe sería estudiada -de nuevo- con devoción y respeto, comprendiendo el vasto legado cultural que convivió durante un periodo concreto de tiempo en la Península. Pese a ello, en la actualidad todavía existen quienes, al igual que el cardenal Cisneros, consideran que los habitantes de la Península que practicaban el islam eran extranjeros y que sus obras, precisamente por ello, no merecen ni merecerán jamás pasar a la posteridad y, por ende, ser recordadas por sus herederos.

BIBLIOGRAFÍA

GARCÍA GONZÁLEZ, J. (1993). El contacto de dos lenguas: los arabismos en el español medieval y en la obra alfonsí. Cahiers d’Études Hispaniques Médiévales, 335-365.

LADERO QUESADA, M. Á. (2004). La formación medieval de España. Territorios. Regiones. Reinos. Madrid: Alianza Editorial.

LAPESA, R. (1981). Historia de la lengua española. Madrid: Editorial Gredos.

MENÉNDEZ PIDAL, R. (1985). Manual de Gramática Histórica. Madrid: Espasa Calpe.

MEYER-HERMANN, R. (1988). ¿Se debe la posposición del sujeto en el español a una influencia árabe? Revista de filología española, 68, 67-96.

VINCENT, B. (1994). Reflexión documentada sobre el uso del árabe y de las lenguas románicas en la España de los moriscos (ss. XVI-XVII). Sharq Al-Andalus, 731-748.


[1] La influencia de la lengua árabe en España se ha manifestado en el léxico. Con respecto a la fonética, es ampliamente aceptado que se adaptó a la fonética latina, aunque algunos investigadores sostienen que pudo haber sido determinante en la eliminación de los gentilicios (-nn-, -ll-) o en la cantidad vocálica. Sin embargo, estas teorías no gozan de popularidad. En el plano morfológico sí que influyó en el español, con especial importancia de ciertos sufijos, especialmente topónimos y gentilicios. De igual manera, algunos investigadores han apuntado a la posible relación del árabe con respecto a la posposición del sujeto, pero sus teorías son minoritarias en el estudio de la lengua árabe en España.

[2] LAPESA, R. (1981). Historia de la lengua española. Madrid: Editorial Gredos.

[3] Lapesa, R. (1981). Historia de la lengua española. Madrid: Editorial Gredos.

2 Comments
  • Adela Martínez Ochocq
    Posted at 13:49h, 05 marzo Responder

    Excelente documentación Rebeca. Mis felicitaciones por transmitir con total rigor y objetividad parte de nuestra cultura. Sigue así, hace falta en este país mayor divulgación cultural. Un saludo.

    • rebecagarrido
      Posted at 16:41h, 30 agosto Responder

      ¡Muchísimas gracias! 🙂

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