La Celestina, de Fernando de Rojas

La comedia de Rojas: psicología atrayente del personaje de Celestina

Debió de suceder entre 1490 y 1500, años en los que un joven universitario, Fernando de Rojas (década de 1470 – 1541), dio forma a la Tragicomedia de Calisto y Melibea. Su obra, centrada en los ambientes menos refinados, en lo que la crítica ha denominado las “cloacas” de la sociedad, provocó admiradores y detractores a partes iguales. Sin embargo, pese a situar el foco sobre los excesos amorosos de sus jóvenes protagonistas, sería un personaje secundario el que absorbería todas las miradas y se convertiría en epicentro argumental. Y este cambio sería tan evidente que incluso el título concebido por el autor sería destronado por el mito, y así la comedia de Rojas pasaría a conocerse, difundirse y estudiarse, en contra de lo que buscaba y deseaba su joven autor, bajo el nombre de la odiosa, egoísta y usurera alcahueta: La Celestina de Fernando de Rojas.

CELESTINA: Gozad vuestras frescas mocedades, que quien tiempo tiene y mejor le espera, tiempo viene que se arrepiente.

La Celestina: argumento y resumen de la obra polémica

Por lo tanto, la obra que hoy se conoce como La Celestina, el personaje que atravesó los umbrales de la ficción y se izó como mito universal, fue concebida por Rojas en la década de 1490. Aunque se desconoce el momento exacto de germinación, se ha propuesto 1497 como una fecha probable, ya que de 1499 es la primera versión de la comedia de Rojas (o La Celestina) que ha llegado hasta la actualidad. Sin embargo, como suele ocurrir en el mundo literario, no son pocos quienes creen que es posible que existan versiones anteriores a la de Burgos de 1499 o que, incluso, el manuscrito original, aquel que contiene el primer auto, tenga más años de antigüedad.

En cualquier caso, en algún momento de esa década un joven Rojas, que en aquel momento estudiaba en la Universidad (¿cuál?, ¿dónde?) se animó a continuar un manuscrito que, según él confiesa en la edición de 1502, encontró bajo el título de Comedia de Calisto y Melibea. Este manuscrito, cuya existencia no ha estado exenta de polémica (algunos autores creen que Rojas escribió toda la obra, mientras que otros apuestan por el toledano como el continuador o unificador de la misma), contenía el primer auto de la obra: la declaración de amor de Calisto, el rechazo de Melibea, la entrada en escena de Celestina, los amores de Sempronio y Elicia, los consejos de Pármeno y la alianza de los dos criados con Celestina. A partir de aquí, si creemos las palabras de Fernando de Rojas, el autor habría continuado el argumento por su cuenta como un mero entretenimiento o diversión y, para más inri, durante unas vacaciones de verano. Así, en apenas dos semanas Rojas habría engendrado a los demás personajes (padres de Melibea, Lucrecia, Areúsa, Centurio, Tristán y Sosia) y habría construido la trama de la Tragicomedia, es decir, la puesta en marcha de Celestina y la caída en desgracia de Melibea.

La comedia de Rojas, amonestación e ironía

El resumen de La Celestinaes bien conocido: Calisto, joven cortesano enamorado de Melibea, se declara a esta en un huerto, rompiendo de ese modo todas las convenciones sociales en materia amorosa del siglo XV (dicho de otro modo, un atrevimiento que requería castigo). Melibea, furiosa ante la osadía de Calisto, lo rechaza violentamente, y Calisto, a quien Rojas retrata como un joven arrogante e impaciente, marcha a su finca y maldice su destino, pagando sus desdichas con sus criados, que tomarán venganza. Uno de estos criados, Sempronio, cuya deslealtad queda manifiesta desde el comienzo, comprende la empresa que se le presenta y cómo puede vengarse de su amo al tiempo que obtiene múltiples beneficios. Confabulado con Celestina, ambos deciden aprovecharse del sufrimiento de Calisto para obtener riquezas o, dicho de otro modo, estafar al joven cortesano. Pármeno, otro criado de Calisto, intenta advertir a este de las malas artes de Celestina, pero recibe de su amo castigos y maldiciones, razón por la que termina por aliarse con Sempronio y Celestina. Juntos, estos tres personajes intentan sonsacar cuanto beneficio sea posible de la unión de Calisto y Melibea, al tiempo que los jóvenes, ajenos a la desgracia que están gestando con su comportamiento, disfrutan de su amor.

CALISTO: En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.

MELIBEA: ¿En qué, Calisto?

CALISTO: En dar poder a natural que de tan perfecta hermosura te dotase, y hacer a mí, inmérito, tanta merced que verte alcanzase, y en tan conveniente lugar, que mi secreto dolor manifestarte pudiese.

Alrededor de esta trama principal Rojas teje otras historias a las que no le faltan ironía: Sempronio, el misógino que advierte a Calisto sobre las mujeres, mantiene una relación con Elicia, quien ejerce la prostitución en casa de Celestina; Pármeno termina por enamorarse de Areúsa, un personaje que, según parece, sería la continuadora de la alcahueta; Melibea, que rechaza tajantemente a Calisto con maldiciones, confiesa que hace tiempo que está enamorada de este, de modo que no sabemos si el hechizo de Celestina surte efecto o no; por su parte, Calisto, joven que vendría a representar la moda del amor cortés, muere de manera ridícula por una mala caída, un patetismo con el que Rojas caricaturizó a los defensores del amor cortés.

De comedia a tragicomedia

Precisamente fue esa mezcla de comicidad y tragedia, de risas y llantos que su autor disparó y dispersó por su trama, lo que acabó por obligar a Rojas a cambiar el nombre. En el prólogo de 1502, el propio autor asegura verse un tanto forzado a ello, ya que los lectores de la primera edición (1499) habrían aconsejado a Rojas modificar el título debido, precisamente, a la presencia de moralidad y dolor en el argumento. Así, Rojas, que había denominado a su obra comedia por respeto al primer autor (¿Cota?, ¿Mena?), quien enmarcó bajo el título de Comedia de Calisto y Melibea el primer auto, decidió, según nos cuenta en 1502, alterar dicha etiqueta:

Otros han litigado sobre el nombre, diciendo que no se había de llamar Comedia, pues acababa en tristeza, sino que se llamase Tragedia. El primer autor quiso darle denominación del principio, que fue placer, y llamola Comedia. Yo, viendo estas discordias entre estos extremos, partí ahora por medio la porfía, y llámela Tragicomedia

Así, el autor optó por un camino intermedio y, quizás para contentar a todos o porque consideró que era la mejor etiqueta para su obra, denominó Tragicomedia de Calisto y Melibea a esta gran obra de finales del siglo XV. Pese a ello, y por azares del destino, en la actualidad la comedia de Rojas no se conoce con el título que su autor decidió, sino bajo el nombre de La Celestina.

La Celestina, de personaje secundario a protagonista de la obra

En contra de lo que su autor (o unificador, según se mire) deseaba, en la Tragicomedia el centro de atención no serán los excesos de los amantes y el castigo ejemplar que estos reciben por su comportamiento, un castigo, según Rojas, puede servir de “reprehensión a los jóvenes enamorados” para que sean más precavidos. Esta historia, a la que no le falta emoción y chispas de morbosidad, queda sin embargo eclipsada y relegada a un segundo plano ante la presencia de otros personajes más interesantes y, sobre todo, complejos.

Los estratos bajos (criados, prostitutas, rufianes) fueron, desde su publicación, los que llamaron la atención del público y, para desgracia de Rojas, de los moralistas. Y es que hasta ese momento nadie, que se sepa, había narrado con tanto detallismo la miseria de quienes no pertenecían a la nobleza, de quienes se veían obligados a labrarse por sí mismos un destino. No en balde, apenas 50 años después de la publicación de la comedia de Rojas vería la luz una obra que habría de marcar un antes y un después en la descripción violenta y sórdida del ambiente bajo: El lazarillo de Tormes.

Pero volviendo a los personajes que se convierten en protagonistas, Rojas concibió a uno que congregaba los defectos más ruines del ser humano y que, sin embargo, consiguió levantarse y adquirir vida propia, rebelarse contra aquel que un día levantó su pluma y acabó con él: el personaje de Celestina.

LUCRECIA: Señora, perfuma tocas, hace solimán y otros treinta oficios. Conoce mucho en hierbas, cura niños y aun algunos la llaman la vieja lapidaria.

ALISA: Todo eso dicho no me la da a conocer ¡Dime su nombre, si le sabes!

(…)

LUCRECIA: Celestina, hablando con reverencia, es su nombre.

La importancia de Celestina

Siguiendo la amonestación de Rojas a los jóvenes enamorados y su defensa de la moralidad de su obra (escrita, según él, para “reprehender” a los enamorados), es lógico pensar que el autor no pretendía convertir a Celestina en un mito. Desde el comienzo, este personaje parece agrupar todos los pecados posibles. No solo es alcahueta y exprostituta; también se la conoce por ser hechicera, casamentera, partera, curandera, cosedora de virgos y un largo etcétera de condiciones que la Inquisición española habría condenado de una sentada. Ella es la principal responsable de que se geste la desdicha, pues con sus manos (o con su lengua, mejor dicho) moviliza, manipula, exhorta y controla a los demás personajes de la obra, quienes, creyéndose libres, obrarán según lo dispuesto por la alcahueta. Además, ella ejecuta el conjuro por el que Melibea se debe enamorar de Calisto, aunque el lector nunca sepa si este conjuro es efectivo o no.

En definitiva, Celestina es el personaje que mueve a todos los individuos de la trama, la que da origen al argumento, la que posee una personalidad tan única como detestable. Celestina, cuya tendencia a la nostalgia nos muestra algunos pasajes de su pasado (su labor como prostituta, sus artes amatorias, su caída en la desgracia con los nuevos tiempos), será la causante de la caída en desgracia de Melibea. Por ello, la alcahueta se convierte en verdadera protagonista de la obra y cuando esta muere, el interés por la comedia de Rojas decae. Así, como señala Miguel Martínez en “Celestina, la secundaria que robó plano”, cuando el autor acaba con la vieja, “Rojas ha cometido un grave error de construcción”.

Personalidad de Celestina, la alcahueta universal

La figura de la alcahueta no fue ideada ni por Rojas ni por el autor del manuscrito original. Ya en el Libro de buen amor, el Arcipreste de Hita dio vida a Trotaconventos, considerada la antecesora de Celestina. Sin embargo, este personaje se encarga de mediar entre el Arcipreste y sus posibles amantes, las cuales suelen dar calabazas al religioso.

En cualquier caso, la Celestina de Rojas es un personaje más rico y complejo que la Trotaconventos del Arcipreste. Al tratarse esta obra de un híbrido entre novela y teatro, la imagen de Celestina se obtiene por la lectura de los diálogos. Así, en lo que a su aspecto físico se refiere, la alcahueta una vieja bastante estropeada, plagada de arrugas, barbuda y con una enorme cicatriz atravesando el rostro (marca, por antonomasia, del diablo). No obstante, ella misma recuerda lo hermosa y atractiva que fue de joven, razón de su éxito entre el sexo masculino.

Otra característica bastante destacable está relacionada con los movimientos de la alcahueta. Celestina se encuentra siempre de un lado para otro de la ciudad; nunca está en casa cuando se la busca y, como señala Miguel Martínez, es en sus paseos cuando realiza los monólogos en los que muestra sus verdaderos propósitos. Todo ello da cuenta de una personalidad ágil y ambiciosa, acostumbrada a la necesidad y a la búsqueda de la supervivencia, muy alejada de la situación de otros personajes secundarios (los criados de Calisto, por ejemplo).

SEMPRONIO: O yo no veo bien, o aquella es Celestina. ¡Válgala el diablo, haldear que trae! Parlando viene entre dientes.

Pero el personaje de Celestina es sumamente interesante por otras cuestiones que transmite a través de sus diálogos. Celestina es una mujer atrapada en el pasado y, a lo largo de la trama de La Celestina, recaerá una y otra vez en la descripción de tiempos mejores, más felices y relajados, cuando podía ejercer la prostitución en el centro de las ciudades y no en los arrabales, una ubicación a la que las nuevas leyes morales propugnadas por los Reyes Católicos la han condenado.

CELESTINA: Bien parece que no me conociste en mi prosperidad, hoy ha veinte años. ¡Ay, quién me vio y quién me ve ahora, no sé cómo no quiebra su corazón de dolor! Yo vi, mi amor, esta mesa donde ahora están tus primas asentadas, nueve mozas de tus días, que la mayor no pasaba de dieciocho años y ninguna había menor de catorce. Mundo es, pase, ande su rueda, rodee sus arcaduces, unos llenos, otros vacíos. Ley es de fortuna que ninguna cosa en un ser mucho tiempo permanece; su orden es mudanzas. 

Así, en sus evocaciones del pasado Celestina hablará de sus amores, de su respeto en la alta sociedad y, sobre todo, de su relación con los miembros de la iglesia, a quienes Rojas no dejará bien parados en su obra:

SEMPRONIO: ¿Pues quién está arriba?

CELESTINA: ¿Quiéreslo saber?

SEMPRONIO: Quiero

CELESTINA: Una moza que me encomendó un fraile

SEMPRONIO: ¿Qué fraile?

CELESTINA: No lo procures.

SEMPRONIO: Por mi vida, madre, ¿qué fraile?

CELESTINA: ¿Porfías? El ministro, el gordo.

SEMPRONIO: Oh desventurada y qué carga espera.

CELESTINA: Todo lo llevamos; pocas mataduras as tú visto en la barriga.

Celestina es, por lo tanto, un personaje conocido entre los habitantes de esa ciudad que, según muchos, se trataría de Salamanca. Allí la alcahueta ejerce su oficio desde edad temprana y, aunque en su momento gozó, según ella misma nos cuenta, de gran estima y respeto, en la actualidad vive condenada a las afueras, cerca del río, alejada de las grandes mansiones donde los nobles y ricos desarrollan sus días, donde sus clientes, como Calisto y Melibea, la utilizan para luego, llegado el momento, olvidar a quien los unió.

Crítica social en La Celestina

Pero Celestina no solo es un personaje inteligente, atrayente y avara que termina condenada por su personalidad. Hay en la comedia de Rojas o La Celestina una crítica social a la sociedad castellana del momento, tanto del pasado como del presente. Si Celestina antes era capaz de campar libremente por las calles del casco histórico, ello se debe a que antes, en la época previa al reinado de los Reyes Católicos, el caos era norma y costumbre. No parece, por lo tanto, que a Rojas le agradase el reinado de Enrique IV, aunque no debió de conocerlo y, si lo hizo, fue a tan temprana edad que no debía recordarlo.

Pese a ello, tampoco Rojas se sentía satisfecho por el nuevo rumbo tomado. Si Celestina es un personaje concebido para ser castigado y despreciado, lo mismo debemos pensar de sus diálogos y opiniones, más cercanos a la realidad de lo que a Rojas le hubiese gustado:

Hijo, a vivir por ti, a no andar por casas ajenas, lo cual siempre andarás mientras no te supieres aprovechar de tu servicio (…) Goza tu mocedad, el buen día, la buena noche, el buen comer y beber. Cuando pudieres haberlo, no lo dejes. Piérdase lo que se perdiere. No llores tú la hacienda que tu amo heredó, que esto te llevarás de este mundo, pues no le tenemos más de por nuestra vida.

Así, la pobreza en la que viven los personajes nobles (Calisto, Melibea, Pleberio) contrasta con la pobreza de los arrabales, en los que Celestina y Elicia comparten vivienda. La tranquilidad de las calles del casco histórico, por donde Calisto y sus criados pueden moverse sin ser vistos, se aleja mucho de las calles en las que Centurio, Elicia y Areúsa ejercitan su profesión. Los espacios interiores de Melibea o Calisto, en los que se abandonan a sus ensoñaciones, son la antítesis de las habitaciones malolientes de la casa de Celestina, donde los espacios se alquilan a prostitutas y los frascos y enseres se acumulan.

De todo ello parece ser consciente Celestina, quien clama por su libertad individual y a la que parece no importarle su fama o reputación. Solo ella parece ser consciente de la humillación que es “andar por casas ajenas” y, junto a los criados de Calisto (maltratados por su amo, todo sea dicho), utiliza su disuasión como venganza:

¡Oh rigurosos trances! ¡Oh cruda osadía! ¡Oh gran sufrimiento! ¡Y qué tan cercana estuve de la muerte, si mi mucha astucia no rigiera con el tiempo las velas de la petición! ¡Oh amenazas de doncella brava! ¡Oh airada doncella! (…)  ¡Ay cordón, cordón! Yo te haré traer por fuerza, si vivo, a la que no quiso darme su buena habla de grado.

En definitiva, creado para aglutinar todos los defectos humanos, Celestina acaba por convertirse en el centro de la comedia de Rojas, en el personaje que levanta simpatías y antipatías, el personaje que provoca la acción. Y, como una pequeña venganza del destino, este personaje, engendrado para ser repudiado, no solo acapara el título de la obra, sino que aparece y desparece en numerosos autores de los Siglos de Oro y posteriores.

Así, al igual que le ocurriría casi 150 años después a Tirso de Molina con Don Juan, el personaje acabó por rebasar los límites de la obra y, con la complicidad de los lectores, se transformó en algo más consistente y universal que un mero personaje: Celestina se convirtió en mito.

La Celestina PDF

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Bibliografía

Blanco, Emilio (2007). “Clandestinos y prohibidos en la Europa moderna (siglos XVI-XVII) (IV): Lectores, censores y críticos. La vida pública de la Celestina en los siglos XVI y XVII. Conferencia disponible en https://www.march.es/es/madrid/conferencia/clandestinos-prohibidos-europa-moderna-siglos-xvi-xvii-lectores-censores

Borrego, Esther (2008). Introducción a La Celestina. Editorial Popular.

Deyermond, A. (1973). Historia de la literatura española. 1. La Edad Media. Editorial Ariel.

Lida de Malkiel, María Rosa (1971). Dos obras maestras españolas: El libro de buen amor y La Celestina. Editorial Universitaria de Buenos Aires.

Menéndez Peláez et al. (2005). Historia de la literatura española. Edad Media. Editorial Everest.

Miguel Martínez, Emilio (2019). “Celestina, la secundaria que robó plano”. Conferencia disponible en https://www.march.es/es/madrid/conferencia/arquetipos-teatrales-siglo-oro-celestina-secundaria-que-robo-plano.

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