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¿Fue escrito el Libro de buen amor desde prisión?

Como bien es sabido, numerosas obras que han llegado hasta la actualidad fueron ideadas o escritas en prisión. Quizás el caso más conocido sea el de Don Quijote de la Mancha debido, en gran medida, a la popularidad de la obra. Pero más allá de Miguel de Cervantes, fueron muchos los autores que vieron desfilar grandes ideas literarias entre barrotes, ya fuera, como en el caso del manco de Lepanto, para evadirse o, como le sucedió a Jorge Manrique, para clamar ante una injusticia presente y evocar, de ese modo, la realidad pasada (aunque, todo sea dicho, hay quien piensa que Cervantes hace eso mismo en su obra). Sin embargo, antes de que estos dos autores ni siquiera hubieran nacido, en España pudo haberse concebido una obra maestra en las cárceles de Castilla. Y es que, aunque la crítica está dividida en dos bloques, son muchos los que consideran que el Libro de buen amor fue escrito en prisión.

El individualismo del Libro de buen amor

El Libro de buen amor es una de las obras literarias que más quebraderos de cabeza ha producido a la crítica española. Esta, escrita en la primera mitad del siglo XIV, marca una diferencia sustancial con otras pertenecientes al mester de clerecía. Aunque, al igual que otras obras del mismo periodo histórico, fue plasmada de manera escrita por un clérigo español (en contraposición al mester de juglaría, cuyas obras se transmiten de manera oral), el Libro de buen amor es una autobiografía ficticia que su autor, quien asegura llamarse Juan Ruiz y ser Arcipreste de Hita, escribe narrando sus aventuras amorosas.

Libro de buen amor del Arcipreste de Hita

Que se sepa, no existe en castellano una obra similar durante este periodo histórico. No obstante, críticos y críticas de diversas épocas, obsesionados ante la idea de buscar semejanzas e influencias que justifiquen la elección del autor del Libro de buen amor por la primera persona del singular, han hablado de la influencia de las composiciones goliárdicas o de la literatura árabe, concretamente del maqämät.

En cualquier caso, el autor del Libro de buen amor perteneció a la iglesia y, arcipreste o no, formaba parte de las capas bajas de la misma. Ello no impide, no obstante, que sea un hombre sumamente culto (los guiños a las escrituras y los dobles sentidos son numerosos), humilde (las descripciones que realiza del pueblo nos transmiten la imagen de un hombre que se movía entre pueblo y que, de hecho, formaba parte de él) y divertido (retrata a su personaje –su alter ego o no, no lo sabemos- como un hombre más bien feo, pobre y, sobre todo, poco tendente a la higiene, razón por la que las mujeres le rechazan constantemente). Y, sin embargo, ese hombre que no ostentaba grandes cargos ni vivía rodeado de riqueza, un clérigo probablemente desconocido para sus superiores, fue capaz de escribir una obra única y diferente con el propósito de divertir, entretener y, ante todo, denunciar las injusticias de las que él (como clérigo) era objeto (en este caso me refiero a la barraganía, de la que hablaré en otra ocasión).

Libro de buen amor, ¿obra de prisión?

Una vez aclarados los puntos anteriores, toca entrar de lleno en la cuestión de la supuesta prisión del Arcipreste. El Libro de buen amor (como lo conocemos en la actualidad) se compone de dos partes diferenciadas: el prólogo, en prosa y con oraciones en verso, y la obra en sí, en verso (una métrica que, por cierto, domina a la perfección el autor, pues él mismo asegura haber escrito la obra para dar una “lección de versificación”).

Pero si la obra en verso ha suscitado numerosas teorías (el hecho de que un Arcipreste –me refiero al personaje– narre en primera persona sus aventuras amorosas no dejó indiferente a nadie), el prólogo tampoco pasa desapercibido. Entre ellas, la supuesta estancia y concepción de la obra en prisión es una de las que más ampollas ha levantado.

El manuscrito de 1343 y la presencia de “murmuradores”

Al igual que la mayoría de las obras que han llegado hasta nuestros días, el Libro de buen amor ha pervivido siglos gracias a su presencia y plasmación en varios manuscritos. En la versión de 1343, el Libro de buen amor incorpora el prólogo al que me he referido anteriormente. En él, el  Arcipreste alude directamente a un cautiverio físico, es decir, a un espacio en el que está encerrado:

sácame a mí, cuitado, de esta mala prisión

(…)

sácame de esta lazería, de esta prisión mezquina

(…)

líbrame a mí, Dios mío, de esta prisión do yago

No obstante, esta alusión es corriente en la literatura medieval. Así, en los textos medievales (orales o escritos) la prisión es una alegoría corriente gracias a la cual es posible describir el “cautiverio emocional” que produce el enamoramiento. El amor, además de percibirse como enfermedad que da lugar a numerosos síntomas físicos (falta de apetito, insomnio, malestar generalizado), es un tirano que despoja al yo de su libertad, lo secuestra y lo encarcela. Casi un siglo después, a comienzos del siglo XV, Diego de San Pedro publicaría Cárcel de amor, una de las obras que mejor describe y se adapta a este género (pequeño apunte: Fernando de Rojas tendría en su biblioteca esta obra y, con La Celestina, atacaría duramente a los jóvenes que se dejan llevar por estas pasiones).

Por lo tanto, el hecho de que el autor del Libro de buen amor aluda a una cárcel no implica que esta existiera físicamente, ya que este puede seguir una tradición literaria asentada y recurrir a un tópico para transmitir el proceso del enamoramiento (con el que el Arcipreste está bastante familiarizado).

Obviamente, los críticos que defienden que el Libro de buen amor pudo surgir en una prisión real (Menéndez Pidal, Dámaso Alonso, Menéndez Peláez…) conocen al dedillo está tradición. Así, las investigaciones que sostienen esta teoría se basan en otras pistas que el autor ha dejado esparcidas por el texto. En el prólogo, además de pedir ayuda para “salir de la prisión”, el Arcipreste apunta directamente a traidores, mezcladores y gente maliciosa como causante de su situación. De hecho, a lo largo del Libro de buen amor el Arcipreste manifiesta en múltiples ocasiones que el peor de los pecados es la murmuración y pide ayuda a Dios para soportar tal injusticia:

Señor, sé tú conmigo, guárdame de traidores.

(…)

Dame gracia, Señora de todos los señores,

Aparta de mí tu saña, aparta de mí rencores,

haz que todo se torne contra murmuradores.

Estas alusiones han propiciado que, tradicionalmente, la crítica se dividiese en dos bandos: los que piensan que el Arcipreste se refiere a una prisión real (como ya he comentado: Menéndez Pidal, Dámaso Alonso, Menéndez Peláez…) y los que consideran que es una prisión alegórica (Spitzer, Brey Mariño, Lida de Malkiel…). La cuestión se complica si, además, tenemos en cuenta que la escritura desde la prisión es un tópico literario al que recurrirán numerosos autores en la Edad Media; es decir, que la prisión no es solo una alegoría corriente para describir el enamoramiento, sino un tópico en sí.

La situación es tan compleja, y la línea que separa la ficción de la realidad tan difusa, que especialistas como Dámaso Alonso, el cual defiende la prisión física porque “los gritos [del Arcipreste] tienen sello de autenticidad total”, prefiere ser cauto y señala que él, por si acaso, no se atreve a descartar ninguna opción: “Yo no podría la mano en el fuego[1].

Y si el Libro de buen amor nació en prisión… ¿por qué?

Si la prisión a la que se hace alusión en el prólogo del Libro de buen amor fuese metafórica, el problema acabaría aquí. El autor, lícitamente, habría querido transmitir su estado emocional y beber de una tradición literaria y, para ello, habría recurrido al tópico del encarcelamiento (prisión de la carne, encarcelamiento terrenal, pérdida de la libertad…).

Sin embargo, si la prisión a la que el autor se refiere en el manuscrito de Salamanca fuese real, esto significaría dos cosas: por un lado, el autor del libro acabó en prisión, un cautiverio que él consideró injusto; por otro, que autor y personaje están más fundidos de lo que creíamos y que, de hecho, el autor rompe el plano ficcional para denunciar una situación real (no es la única ocasión en la que sucederá esto, pues en todas las obras el creador o creadora se puede entrever en las líneas, ya que, como señala Millás, “en las novelas se filtran fragmentos de realidad que dejan manchas de humedad, como una gotera en la pared de una habitación”[2]). Así, dado que en el prólogo se mencionan la “prisión” y el “cautiverio”, todo ello vendría a demostrar que el autor ha utilizado su obra para denunciar a los “murmuradores” y, sobre todo, para defenderse ante las injusticias que lo han llevado a prisión.

Arcipreste de Hita

Pero, ¿quiénes son los murmuradores? Si tenemos en cuenta la gran cantidad de veces que, a lo largo de la obra, el Arcipreste dispara dardos contra los miembros de la Iglesia que hablan de más, todo parece indicar que las denuncias habrían venido de sus compañeros de institución (spoiler: San Juan de la Cruz, Fray Luis de León o Sor Juana Inés de la Cruz seguirán este mismo camino, allanado ya por lo pasos de los otros).

A ello hay que añadir otro dato de interés del manuscrito de 1343. Según el copista de este manuscrito (al que Menéndez Pidal identifica como Alfonso de Paradinas, obispo de Ciudad de Rodrigo[3]), el autor escribe desde prisión, ya que ha sido encarcelado por Gil de Albornoz, único personaje que sabemos a ciencia cierta que existió. De hecho, Gil de Albornoz fue arzobispo de Toledo durante los años 1337 y 1350, por lo que la palabra del copista, a pesar de proceder del siglo XV, encajaría temporalmente con los manuscritos que nos han llegado.

Los defensores de esta teoría, con Menéndez Pidal a la cabeza, siguen el camino del manuscrito de 1343 y señalan que, dado que el de 1330 no contiene ese prólogo, el autor habría añadido este y otras partes del Libro de buen amor en una segunda redacción posterior, una vez sufridas las injusticias que se denuncian en dicho prólogo. De este modo, el creador irrumpiría de nuevo en la obra (ya lo habría hecho antes, en la obra en sí), tomando el control, despojando al personaje de su realidad ficticia (no podemos olvidar que, como señala Lida de Malkiel en su estudio, el Arcipreste no es el autor del Libro de buen amor aunque muchos lo confundan con este, pues, si damos por sentado que lo que narra el Arcipreste en la obra le sucedió en realidad al autor, debemos aceptar que el Amor visitó a nuestro autor en Hita o desde donde escribiera[4]).  

Una incógnita sin respuesta

Así, el Libro de buen amor ha llegado hasta nuestros días gracias a tres manuscritos fechados en dos momentos: 1330 y 1343. El manuscrito de 1343, aunque copiado en el siglo XV de otro manuscrito anterior, contiene un prólogo en el que se habla de murmuradores, pecadores y una prisión. Ello ha propiciado que la crítica haya tomado posiciones hacia un bando u otro, sin encontrar nunca una respuesta unánime al problema.

A pesar de ello, el manuscrito de 1343 no parece dejar lugar a dudas: los murmuradores son personas de carne y hueso, la razón por la que el Arcipreste está encarcelado. Sin embargo, los defensores de la prisión alegórica creen que, dado que el manuscrito de Toledo (1330) no contiene estos añadidos, estos podrían deberse a ciertas “licencias” de los copistas (las cuales, para más inri, eran bastante comunes).

En definitiva, la crítica sigue debatiendo si el Libro de buen amor es fruto de dos redacciones, una en 1330 y otra en 1343 como sostenía Menéndez Pidal (en la que el Arcipreste se encontraría en prisión y habría realizado añadidos al principio y al final de su obra para actualizar la información), o de una única redacción en 1330 (pues, como señala Blecua, no es usual que un autor añada algunas partes y no retoque la obra en sí[5]). Además, como cualquier obra que se difundió de manera manuscrita, no podemos perder de vista a los copistas, que podrían haber añadido y suprimido ciertas partes.

Todo ello añade más problemas a una obra ya de por sí compleja, en la que se debate el significado de sus líneas, el motivo de la redacción o la existencia o no de un Juan Ruiz, Arcipreste de Hita.


[1] Alonso, Dámaso (1957).  “La cárcel del Arcipreste”. Cuadernos hispanoamericanos, 86: 165-177.

[2] Millás, Juan José (2007). El mundo. Barcelona: Editorial Planeta.

[3] Brey Mariño, María (1985). “Introducción” al Libro de buen amor, ed. María Brey Mariño. Madrid: Castalia.

[4] Lida de Malkiel, M.ª Rosa (1977). Dos obras maestras españolas: el Libro de buen amor y la Celestina. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires.

[5] Blecua, Alberto (1996). Libro de buen amor. Madrid: Cátedra.


¿Te apetece saber más?

Si todavía te has quedado con ganas de saber más datos sobre el Arcipreste de Hita, en el siguiente vídeo analizo las teorías sobre la identidad de “Juan Ruiz, Arcipreste de Hita”.

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