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Martín Gaite y Entre visillos: El espacio interior de la mujer de posguerra

¿Qué piensas? ¿Estás triste?

Ni siquiera. Embobada. Me aburro, ¡si vieras cómo me aburro!

Pero, ¿por qué? ¿Qué piensas?

Nada. ¿No te digo que nada? No es vivir, vivir así.

Antes de comenzar, me gustaría que imaginases un retrato de familia, una fotografía de posguerra en blanco y negro. La figura del padre sentado en el centro, la madre al lado de su marido -probablemente la mano sobre su hombro- y las hijas -dos, tres, cuatro- detrás de las figuras de ambos, de pie, esperando el flash de la cámara para poder regresar a sus actividades cotidianas de ayuda doméstica o preparación para la vida conyugal. Piensa ahora en los diálogos que escondería una instantánea así, en los reproches que se escucharían si el papel no impidiese con su rigidez la voz que surge para tapar las fisuras que existen entre los miembros de una familia burguesa.

Durante toda la lectura de Entre visillos (Martín Gaite, 1957), he imaginado una y otra vez esa fotografía que imagino malgastada y polvorienta. La ciudad provinciana -que podría tratarse de cualquiera- y los lejanos años cincuenta, una década que percibo como si no hubiesen existido. Y sin embargo he comprendido las sensaciones que sienten las mujeres de la novela, las jóvenes -y no tanto- a las que Carmen Martín Gaite hizo surgir no mediante el barro o la costilla, sino con la pluma y el papel.

Las cadenas que se hacen carne

Si hay una nota predominante en la novela de Martín Gaite, un nexo de unión para las acciones dispersas que en ella se desarrollan, es la de las cadenas que portan las mujeres en la pequeña ciudad. La búsqueda incansable de un marido, el matrimonio como único fin válido o la envidia de quienes abandonan la casa paterna, aunque ello implique la renuncia personal, son creencias aprehendidas e inquebrantables para quien se ha criado en un clima provinciano de posguerra.

La pequeña ciudad poblada de prejuicios y anhelos, de una hipocresía que no ha cambiado desde la publicación de La regenta o, si lo ha hecho, ha sido solo en apariencia. ¿Cómo, si no, entendemos a quienes quieren aparentar la liberación -saborearla, palparla, exprimirla- pero exhiben los mismos miedos al juicio ajeno que las generaciones anteriores? ¿Cómo entenderíamos que cause tanta admiración el mediocre, el que no sabe hacia dónde se dirige en su camino?

Fotograma de la serie de televisión de RTVE basada en la novela de Martín Gaite

Con Entre visillos, Martín Gaite traza un veloz retrato de las mujeres provincianas de una generación: la solterona de 30 años que ya no encuentra marido y paga sus frustraciones con sus hermanas; la que cree que, pese a todo, aún podrá conseguirlo; la cosmopolita que llega a la pequeña ciudad y causa sensaciones sin importarle el qué dirán; la que abandona los estudios para casarse demasiado joven; la que se encuentra entre la imposición paterna y el amor y la promesa; la que es víctima del luto y la soledad y, pese a poder escapar, escoge la senda conocida por rutina; la que aún puede, si sabe cómo romper las cadenas que las demás mujeres portan, marcharse y alejarse de un aire demasiado cargado.

Y con un tren que abandona la ciudad, entre la niebla, con el sonido del hierro de fondo, se cierra la novela. Algunos personajes se marchan con el firme propósito de no regresar. Otros se quedan atrapados entre los muros de una ciudad histórica que no avanza, donde el hastío marcará sus vidas, donde no se puede vivir porque “no es vivir, vivir así”. Porque vivir con el molde impuesto, como una figura de barro fabricada al por mayor para el júbilo de otros, no es vivir en absoluto. Vivir así no es vivir.

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