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Dostoievski o las confesiones de un hombre enfermo

Soy un hombre enfermo… Soy un hombre rabioso. No soy nada atractivo. Creo que estoy enfermo del hígado. Sin embargo, no sé un higo de mi enfermedad y seguramente tampoco pueda precisar qué es lo que me duele. No estoy en tratamiento y nunca lo estuve, aunque siento respeto por la medicina y los médicos. Además, soy supersticioso a más no poder (…) Y si no deseo curarme es por rabia. Probablemente ustedes no estén dispuestos a entender esto. Pero yo sí que lo entiendo.

Con estas palabras Fiódor M. Dostoievski comienza una de sus novelas más discutidas, Memorias del subsuelo, catalogada como su mejor o peor obra según el escritor encargado de clasificarla: desde un Nabokob que la detestaba a un Batjin que le dedicó muchos de sus ensayos. Siendo o no verdaderas estas calificaciones, Memorias del subsuelo es una obra breve pero complicada, pues condensa gran parte del pensamiento filosófico y moral de su autor.

El contexto

Para poder comprender mejor estas ideas, no podemos obviar el momento de germinación de la misma, tanto en lo que a su atmósfera externa se refiere, pues la situación sociopolítica de Rusia era delicada, como a la interioridad del autor. Según le confiesa el propio Dostoievski a su hermano por carta en marzo de 1864, su mujer, Maria Dmitrievna, “está en el último suspiro”. El 15 de abril fallece, pero este no es el único golpe que tendrá que soportar el autor de Crimen y CastigoTres meses más tarde su hermano, Mijaíl, confidente y amigo, morirá repentinamente, sumiendo a Dostoievski en una depresión aún más aguda.

En mitad de esta tempestad emocional, Dostoievski se amarrará, cual Ulises, a su obra y producción, y especialmente a la novela que, desde hacía meses, estaba componiendo. El principal objetivo de la misma es mostrar las contradicciones que encierra la naturaleza humana, el desarraigo, la soledad que poco a poco va arrastrando a los seres humanos hacia lo que el ruso denomina subsuelo.

Para ello, el autor da vida al protagonista, un narrador cuyo nombre y vida desconocemos casi en su totalidad. Por sus confesiones, que se suceden durante toda la obra, sabemos que es un funcionario que, a sus 40 años, ha abandonado un trabajo que detestaba y ejercía erróneamente. Pero este personaje, lejos de empatizar con el lector, se presenta como un hombre que se contradice, engaña, miente y acepta sus defectos, con un trasfondo metafísico que nos hace interrogarnos acerca de nosotros mismos.

El subsuelo o la defensa

El propio título ya es muy revelador. Nuestro personaje vive en el subsuelo, alejado de la cotidianidad activa, como un observador que, por mucho que lo intente, no halla el modo de entrar en una corriente de agua que le expulsa violentamente una y otra vez. Pese a ser sumamente perspicaz y dotado de una inteligencia superior al resto, su incapacidad para encajar y ser aceptado le condenan a un mundo ajeno y solitario, una realidad en un nivel inferior a la superficie en la que lo demás seres humanos desarrollan su vida. Detrás, por lo tanto, de esa aparente misantropía y elitismo cultural que nos intenta vender como legítima, se esconde un hombre desesperado por ser uno más, miembro de la masa que asegura repudiar, atento a cualquier acto que pueda abrirle las puestas que tan ansiadamente desea.

Se trata, por lo tanto, de un ser silencioso y distante, ajeno a lo que Dostoievski llamaba el “vivir inmediato”. Un hombre inseguro que busca la aceptación y, al mismo tiempo, espera anhelante el momento de hundir a todos aquellos que lo expulsaron del grupo, relegándolo a la insignificancia gubernamental y social (“Estoy solo y ellos están todos juntos”, afirma). Precisamente por ello, la crítica tradicionalmente ha catalogado a este narrador como un antihéroe, víctima y verdugo al que en cierta medida comprendemos pero detestamos como lectores.

Cara y cruz

Uno de los puntos que más sorprende de la pequeña novela es la condensación psicológica que encierra. Desde la postura del autor acerca de la conciencia que “mata la vida” -encarnizada por este protagonista que piensa y reflexiona, pero no vive ni experimenta- hasta otras cuestiones que han sido analizadas a lo largo de la historia: la idea de que el exterior es tan solo un reflejo de la situación interna del individuo, la tendencia de los seres humanos a crear problemas inexistentes en lugar de dejarse llevar por la experiencia o la creencia de un sujeto dividido que no encuentra la plenitud por mucho que lo intente.

No obstante, el protagonista de Memorias del subsuelo tiene la gran cualidad de la sinceridad. A nosotros, los lectores, nos reconoce sus defectos y miedos, el sufrimiento que arrastra desde la infancia, su culpabilidad y vergüenza. Busca en la noche y sus sujetos -un pequeño guiño a la caverna de Platón- lugares donde sentirse eclipsado y pasar desapercibido, detestando al mismo tiempo el papel que le ha tocado representar en la escala social y humillando a todos aquellos que intentan mejorar su situación.

Precisamente por ello Dostoievski da vida, en poco más de cien páginas, a un hombre de carne y hueso: complejo, contradictorio, movido por una amalgama emocional que, en muchas ocasiones, es incapaz de identificar. Una dura crítica contra los grupos sociales, el funcionariado y, sobre todo, las sociedades modernas, portadoras de valores como la igualdad y la justicia pero creadoras, en gran parte, de sujetos frustrados e infelices; hombres y mujeres que deambulan por los callejones de las ciudades de todo el mundo intentando hallar, sin éxito, el modo de hacer desvanecer un grito que les ahoga, pero que sólo ellos pueden escuchar.

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