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Closer, una concepción antirromántica del amor

El análisis de las relaciones amorosas en el cine no es algo novedoso. Han sido muchos los directores que han ahondado en esta parcela de la vida humana con tanto ahínco como detallismo, exacerbado en ocasiones. Nada parece presagiar, por tanto, que alguna película estrenada en los últimos tiempos nos pueda aportar una nueva visión sobre lo que tantas veces ha sido puesto en el punto de mira. Y sin embargo a veces ocurre.

Hace poco volví a ver la película Closerdirigida Mike Nichols y estrenada en 2004. Gran observador de las relaciones humanas, Nichols nos sitúa en las relaciones amorosas de dos parejas: Dan (Jude Law) y Alice (Natalie Portman) frente a Anna (Julia Roberts) y Larry (Clive Owen). Pero, aunque a primera vista pudiera parecerlo, este cuarteto no se asemeja en nada a las parejas convencionales retratadas en las comedias de Hollywood.

Natalie Portman en ‘Closer’

Con un pasado opuesto y desconocido para los espectadores, desempeñando diferentes profesiones y mostrando una máscara aparentemente distinta en cada caso, todos los personajes comparten, no obstante, las mismas características: inmadurez emocional, deseo y egolatría. A través de su obra, Nichols lleva a cabo una dura crítica contra la idea del amor contemporáneo en el que todos, directa o indirectamente, nos hallamos inmersos: un amor vacío, enfermizo y movido por la necesidad más que por el sentimiento. Los personajes de este film son seres inadaptados y solitarios que buscan desesperadamente sentirse amados para poder dar de este modo una imagen a su identidad, aunque ello implique la destrucción de quien los ama. Sin embargo, son incapaces de hallar aquello que tan fervientemente desean, condenados de este modo a acabar y comenzar relaciones con el único fin de superar las heridas anteriormente causadas, huyendo de un dolor que parece inherente.

Movidos por impulsos incontrolables, las parejas se pelean y reconcilian sin cuestionarse en exceso por las causas de sus actos. Como un disfraz que llevasen adherido continuamente, sienten y padecen sin saber con exactitud el porqué de su desdicha. Y es precisamente esta característica lo que los hace más humanos y cercanos al espectador. Sus sentimientos son una amalgama de emociones que no saben definir, cuestionan e intentan comprender, pero sus resultados son inicuos.

El personaje interpretado por Natalie Portman es, sin duda, el más interesante. Como espectadores desconocemos el pasado de Alice (recordemos el autobús que atraviesa un túnel cuando habla de su pasado), el motivo de su estancia en Londres o su paradero antes de su relación con Dan. Lo único que se nos permite vislumbrar es su amor por Dan, su incapacidad de dejarle y la gran propensión a perdonar todos sus desmanes. Lo más anecdótico de este personaje es la elección de un nuevo nombre: Alice renace tras cada relación, cambia su apariencia y adapta su vida a las nuevas condiciones que se le presentan. Su antigua personalidad, aquella que amó y sufrió por una relación, se desvanece tras la ruptura. Nada queda entonces de la que un día fue, de la que un día amó a quien, a día de hoy, ya no ama.

Clive Owen filmando una escena de ‘Closer’

El amor de su vida parece ser Dan, quien, sin embargo, siente una mayor predilección por el personaje de Julia Roberts. Escritor fracasado, se enamora de Anna pero es, asimismo, incapaz de cortar su relación con Alice (“inabandonable”, como él mismo afirmará). Pero él también está marcado por la pérdida y la tragedia, y la carencia de su madre, a quien perdió cuando era un niño, se manifiesta a lo largo de la película. Además, su incapacidad para perdonar a quienes le rodean le condenan a la soledad y el abandono, al recuerdo continuo.

Por su parte, Julia Roberts da vida a Anna, fotógrafa divorciada a quien, curiosamente, su marido abandona por una mujer más joven, acción similar a la que ella llevará a cabo durante la trama. Pero su fracaso no es algo tan sencillo para que pueda ser resumido en unas simples frases. La culpabilidad que le acompaña será muy hábilmente utilizada por Larry, su segundo marido, quien la describe como una depresiva inmersa en el perseverante juego de la desdicha. Así, Anna es un personaje indeciso, insatisfecha siempre con la elección tomada, pendiente de las otras vidas que podría haber vivido si se hubiese inclinado por otro camino.

Por último, Larry parece ser el personaje más sencillo. Astuto, sincero e incluso grosero, es capaz de llevar a cabo cualquier acto que le permita recuperar a Anna, aunque ello condene a la infelicidad a la persona que asegura amar. Por ello, Larry viene a ser el pragmático cuyo único anhelo es un presente estable con la mujer a la que asegura amar.

Por ello, la imagen final está cargada de simbolismo. Si en un comienzo Natalie Portman y Jude Law intercambiaban miradas mientras caminaban entre la multitud, ahora es ella la que, sola, en medio de una inmensa ciudad, se abre paso entre desconocidos.  Con la mirada fija, sin siquiera girar la cabeza para comprobar si se avecina algún vehículo -como de hecho ocurre en la primera escena-, Portman avanza seria, con el semáforo en rojo, indefensa ante un nuevo obstáculo que pueda, de nuevo, hacerle caer a lo más hondo. Y luego, si aún conserva algo de fuerza, tendrá que volver a levantarse y seguir andando, como hacemos todos.

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